MATAR EL GOCHO (y II) Ayer dejamos el cerdo colgado de una escalera secándose al sol y sobre todo al frío propios uno y otro del tiempo en que estamos, o sea el sol tibio y el frío gélido. En nuestra imaginación continuamos degustando el abundante plato de patatas con sangre y quizá algún trozo escogido de carne porcina, a la espera del obligado certificado de sanidad del animal que no al principio pero sí desde muy pronto implantó la Administración Local. La tarea que esperaba en el día la podíamos calificar de ingente, pues había que despiezar el gocho, deshuesar las piezas hechas, picar la carne y hacer el picadillo como tareas más importantes, lo que globalmente llamábamos destrazar (palabra que presenta muchas variantes según los pueblos incluso muy próximos de la provincia de León, y que el diccionario recoge como “estrazar”, que se parece mucho). En la cocina de horno, que era cocina porque tenía hornija y de horno porque tenía horno para masar, hacer dulces o asar un cordero, nos esperaban unas mesas y bancos altos, artesas, cuchillos afilados y una flameante lumbre alimentada con cepas de viñas que caldeaba el ambiente haciéndolo muy confortable. La cuadrilla era nutrida pues con un poco de cuidado todo el mundo podía aportar una ayuda estimable, así que la llamada de auxilio era atendida con gusto por todos los componentes de la familia. Además significaba una experiencia bastante insólita, fructífera y divertida. Un día, en fin, para recordar. A la mesa comenzaban a llegar las primeras piezas del cerdo que con bastante pericia estaban cortando los directores de la operación: paletillas, jamones, agujas, costillares, patas, codillos, barbada, cabeza, etc. Manos a la obra. Con alguna prevención cada uno cogía una después de echar un vistazo al panorama y tratar de adivinar cuál sería más fácil . Se trataba de separar la piel, de quitar el tocino o la grasa, de sacar el hueso, según cada caso. Las manos se movían más bien torpemente pero la suavidad de la carne sorprendía y la curiosidad de tener en la mano bajo la vista los distintos órganos del animal llenaba de preguntas la velada. El corazón sano y robusto, los pulmones limpios de humos, los riñones, la vesícula con su cápsula de hiel, muchas novedades que daban lugar a no pocas preguntas. Preguntas que respondíamos unos a otros o recurriendo a los estudiados en el tema de órganos que alguno había y a los veteranos que de tanto verlo todo sabían lo suyo. Estos mismos veteranos se guardaban para sí lo más delicado de la operación como sacar los solomillos o rematar la limpieza de la cabeza y el espinazo. En las artesas ya se habían hecho dos montones de carne, uno más limpio para los chorizos de domingo o de comer, y otro con carne más mezclada para los chorizos del puchero o de sábado, una manera metafórica de distinguir la calidad del producto de un montón y otro. Mediada la tarea, la cuadrilla manifiesta síntomas de fatiga y desgana, así que parecía aconsejable una interrupción para descansar y reponer fuerzas con una comida suculenta y divertida. Sin prisa pero sin pausa hay que retomar la actividad pues aún queda faena, que el cerdo era grande y tiene mucha tela que cortar. A media tarde ya está la carne por un lado y los huesos por otro eligiendo de estos los que se van echar en sal para el puchero y los que van a ir al perro o directamente a la basura. Tiempos hubo en que todo era aprovechable, todo. Cortar en tiras la carne para meterla en la máquina de picar es una tarea ya fácil y breve que anuncia que el trabajo no ha terminado pero está controlado. Es la hora de limpiar un poco mesas y utensilios, preparar unos pinchos morunos de carne tierna y buscar unas patatas terciadas de tamaño para echarlas a asar a la ceniza y a las brasas de la lumbre. Calientes, partidas a la mitad y con unos granos de sal gorda son un bocado exquisito, todo, claro, en compañía de unos chiquitos de vino de la casa, o de la tierra al menos. Pasar por la máquina de picar la carne amontonada con sus ternillas invisibles y las pieles chamuscadas para los chorizos de sábado, era un trabajo para esforzados al principio. Luego acoplaron a las máquinas unos motorcillos eléctricos que fueron una bendición. En media hora y sin sudor estaba la carne en las artesas convertida en añicos. Comienzan los preparativos para hacer el picadillo. Se revuelve la carne mezclándola con las tiras de tocino picado para que se mantenga suave y tierna más tiempo, se acondiciona y se pesa. Mientras tanto los padres primero y luego los sucesores en estas tareas recurren a los papeles para ver la cantidad de agua, sal, orégano, pimiento dulce o picante que hay que echar por cada kilo de carne picada. Se habla, se recuerda el año pasado o el otro cuando quedó mejor o peor la combinación y se deciden por lo más aconsejable. Luego está el tacto del maestro que pide un poco más de una cosa o de otra porque no corre bien la mano o porque el olor no es el adecuado. La sabiduría de la costumbre bien aprovechada. Mueve la masa para un lado, para el otro, la aperruña, todo vale para conseguir que se mezclen bien los ingredientes en juego. Al cabo de casi una hora da por concluido el trabajo, alisa bien el contenido y con unción y seriedad dibuja una cruz sobre el picadillo. Luego lo tapa con un trapo blanco y al comedor un par de días para que repose, se acabe de mezclar y se enfríe, cosa fácil de conseguir dado el tiempo de la matanza. La sensación de obra concluida se lee en los rostros de todos, así que ha llegado la hora de la limpieza general: lavar los útiles (cuchilla, rejillas, uso, manivela, tubo, rosca,) de la máquina de picar, recoger utensilios de acero o de madera, fregar los suelos, ordenar cosas usadas. Todo debe quedar en su sitio y limpio. Es ley de un buen trabajo. Resta solo hacer los chorizos, tarea suave y delicada para dos y mejor tres personas en sesión de tarde. Así que al cabo de uno o dos días se juntaban Dosi y Sari en la cocina, a veces aparecía yo por allí, ponían en una mesa la máquina, en otra las artesas con el picadillo y en la repisa de la ventana un balde para colocar los chorizos que iban llenando. La tarea exige su ritmo pues la tripa tiene que quedar bien llena pero sin tensión, y sin aire, o sea que el picadillo debe ocupar homogéneamente todo el espacio de la tripa, y los pequeños huecos que inevitablemente quedan se pinchan con un alfiler o aguja para expulsarlo. Si no fuera así crearía moho y se pudriría todo el contenido. Con despacio, puñado a puñado y vuelta a vuelta de manivela, palpando, apretando y enroscando llenan una tripa, la atan con bramante con dos nudos, y las tripas gruesas con un lazo para poder engancharlas del varal, se ataca el aire con picotazos de aguja como dije antes, y ya está lista para colgar. Y así hasta terminar, unas cuantas horas. El cerdo está prácticamente colgado de estos varales. Hay que prestar atención a la adecuada curación de los chorizos. La humedad es letal, puede llegar a pudrirlo todo en poco tiempo, así que si los días se cierran en agua hay que poner a funcionar la lumbre de la cocina de horno con hogueras casi continuas que contrarresten la humedad ambiente. La despensa colmada merece bien la pena un esfuerzo más. Aunque lo parezca no todo se ha acabado, que el cerdo da mucho de sí, ya lo dice el refrán “del cerdo hasta los andares”, y es casi verdad. En los días siguientes se trocea y sala el tocino para echar al puchero y freír ricos torreznos; se entrecuecen diversos huesos del cerdo, se derrite la manteca en viejas calderas de bronce sacando sabrosos chicharrones que acompañarán a las sopas de ajo o fritos en la sartén se comerán bien calientes y con pan. Finalmente se recolectarán todas las jorraspias de tocino y grasa que no han servido para otra cosa mejor y con paciencia se convertirán en unas cuantas pastillas de buen jabón con el consiguiente ahorro para las arcas de la economía familiar. Macario Aparicio Marne
 
MATAR EL GOCHO I El mes de noviembre es un mes triste por la nostalgia del verano recién terminado y por el intenso frío que nos visita casi sin avisar. Pero tiene sus alicientes, pequeños pero aceptables a falta de otros mayores. Uno de ellos es la feria de San Martino y otro la matanza del cerdo. Para el primero llevábamos varios domingos recogiendo leña y guardándola en alguna bodega derruida a fin de montar la gran hoguera del año en la parada del coche de línea el día 11 cuando los mayores venían de la feria de Mansilla, a donde habían ido a vender un animal, un saco de legumbre, o simplemente a ver mundo y comer en la fonda un cocido, unos callos o una fabada. El caso era celebrar algo. El otro aliciente era la matanza, y es que el día de Sanmartíno era como si sonase el pitido de salida para comenzar las matanzas en toda la comarca, y por tanto en todas las casas pues no había una que no la hiciera. La pregunta ya era cuándo vas a matar el gocho. Hoy suena fuerte, incluso cruel y bárbaro, pero nosotros lo decíamos con toda naturalidad, de ninguna manera hería la sensibilidad de nadie, tampoco de los niños. Así era, y que cada uno lo tome como le parezca o admita la piel delicada que se ha formado al hilo de nuevas prédicas y necesidades menos perentorias. Nos atemorizaban mucho los gruñidos por una cuestión de miedo y susto, pero refugiados detrás de la ventana de la cocina no perdíamos detalle de la batalla por la supervivencia que se estaba librando en el corral. Era un acontecimiento importante en la vida de la familia y se vivía con intensidad y con un regocijo propio de una fiesta cuyos frutos íbamos a degustar todo el año. En la casa de un labrador de entonces, junto a los animales de trabajo, no faltaba el cerdo, dos en algunos casos, pocos, y al lado de la cuadra de vacas estaba la pocilga. Se compraba a tiempo para que en Noviembre o Diciembre del año siguiente tuviera catorce o dieciséis meses y alcanzara un peso alto, de tal modo que hacerle llegar a 24 arrobas, 280 kgr., era un éxito de buena raza y mejor crianza. Se escrutaba el calendario buscando la fecha más libre de otras tareas y se lanzaba un deseo de que el tiempo acompañara en ese momento con cuanto más frío mejor, sol y nada de lluvia ni humedad. Es probable que algún labriego culto suscrito a las publicaciones de entonces consultara el pronóstico del tiempo en el Calendario Zaragozano, al margen de que luego hiciera más caso a su olfato y anhelo que al folleto de pastas rojas que tenía entre manos. Pero se divertía. Lo primero era hablar con algún familiar y vecino para recabar su ayuda, pues la batalla con el animal era dura y tenaz, pues había que reducirlo y llevarlo al banco a pura fuerza Ya tenía bastante sabiduría el bicho para dejarse embaucar. Seis u ocho personas mayores formaban la cuadrilla adecuada capaz de evitar sorpresas, de escaparse del banco con el cuchillo clavado. Alguna vez, dicen, ocurrió; yo no lo vi. Si uno no podía se recurría a otro, pero había alguno que se hacía casi imprescindible. En nuestra casa era el Sr. Nemesio, el marido de la Sra. Carola, padres de Oliva, Pablo y alguna otra hija. Era una mano más pero lo que mejor hacía este hombre era hacernos reír a todos con sus chascarrillos, sus memorias y la manera de contarlos. Todas eran historias verídicas que le habían pasado a él en la guerra de África, en la mili, cuando era mozo, en el pueblo este o en el otro, en las ferias, en mil y una circunstancias a cual más verosímil. Era un buen contador de cuentos para adultos, y eso se agradece. Así, uno a uno, iban llegando todos los citados y se juntaban al tibio sol que brillaba en medio corral, mientras en el otro medio todavía seguía la helada que había caído durante la noche. Estaban preparados ya el banco, las cazuelas y peroles, una buena lumbre, los cuchillos, las pajas largas para chamuscarle, las escaleras para colgarle, las artesas y baldes. Todo lo necesario para la operación había sido minuciosamente previsto por las personas mayores que año tras año repetían la operación. El matarife había aprendido el oficio de los anteriores o de algún experto que hubiera en la familia como en nuestro caso fue el tío Lucas, maestro de mi hermano Dositeo cuya habilidad y ganas de aprender se manifestaron desde muy pronto. Llegado el momento, el hombre de la casa menos extraño al animal abría la puerta de la pocilga invitándole a salir, cosa que raramente ocurría, al revés que otros días que atropellaba a quien pillara por el pasillo para ir a hozar al corral. No le habían echado de almorzar hoy ni de cenar el día anterior, y eso sabe que no ocurre por casualidad en la casa donde está; algo extraño puede estar sucediendo. Finalmente, como no obedece a las reiteradas invitaciones amistosas, le echan un lazo al morro por detrás de los fuertes colmillos y a empujones en medio de penetrantes gruñidos le llevan a donde no tenía previsto acudir, al banco del sacrificio donde le tienden y sujetan con brazos y codos. Fuerza contra fuerza y necesidad contra instinto de supervivencia, una constante en la naturaleza. El matarife hace su trabajo con tino para que sangre bien, y el ama de casa con su pañoleta negra en la cabeza recoge en un barreño la sangre para hacer con patatas la comida del día y para elaborar morcillas. Poco a poco todos se dan cuenta que el drama ha terminado. Levantan las manos, contemplan la escena comentando las excelencias de la presa, descansan un instante y a chamuscarle, o sea quemarle las cerdas y raspar la piel para dejarla limpia de toda clase de adherencias. Ahora el fuego calienta las manos y entretiene a los chicos a la espera de que alguien arranque las uñas bien torradas de las patas para comer los molletes, o al menos darles unas dentelladas y sacarles algo de substancia. Una parte de la cuadrilla abandona la tarea pues la parte más pesada ha terminado. Queda abrir el cerdo sacando la barbada, retirar el intestino desentritiñando las tripas, cortarlas y lavarlas, con infinita paciencia, protesta de los riñones y la espalda y no poco frío, aunque el balde se llenara con agua caliente, no mucho porque con agua muy caliente se daña la tripa. Los chicos mientras tanto estábamos sobando la vejiga frotándola contra el suelo y soplando para que se hiciera grande y poder jugar al fútbol con ella. Larga tarea que nos llevaba toda la mañana para luego romperse a la primera patada que la dábamos por suave que fuera. Breve vida de media hora o una tarde como máximo para un trabajo sucio. Ya en trozos la utilizábamos para hacer una o dos zambombas que sonaban muy bien con los villancicos de Navidad, si es que llegaban allá. En cuanto al cerdo, por hoy ya solo quedaba atarle al último basal de una escalera de madera y levantarlo para que se enfríe y seque por dentro durante un día o dos. Macario Aparicio Marne
 
A PISAR EL PAJAR No debía falta un relato sobre las peripecias de los chicos en el pajar. Era una faena que temíamos y deseábamos a partes iguales. Nos divertían algunas bromas y otras novedades y nos repelía el polvo que se tragaba y el picor de todo el cuerpo durante unos días. Pero ahí estábamos todos los años desde muy pequeños dispuestos a entrar a pisar el pajar. Al principio no hacía falta nadie, solo accedía de vez en cuando una persona mayor para ir extendiendo la paja por toda la superficie del local. Pero cuando ya se caía por el bocarón, el que tiraba la paja hacia arriba con la bielda pedía ayuda para que lo que él subía con esfuerzo no se viniera abajo por el mismo sitio que entraba. Y allí interveníamos nosotros. Al principio con mucho cuidado y quizá con alguna ayuda, pues la paja estaba en el aire y se hundía uno más de la cuenta. Pero cuando estaba un poco pisada y a unos metros por debajo del bocarón nos quedábamos solos viendo entrar las vendadas, extendiéndolas y corriendo o gateando por encima. Así hasta que llegábamos al ras del bocarón; a partir de ahí había que repartir la tarea, uno al lado lanzando hacia dentro la vendada que llegaba y otro distribuyéndola por el almiar. Era más divertido estar al borde del bocarón porque daba tiempo a fisgar lo que pasaba por la calle y el trabajo del que estaba fuera, aunque a veces recibía como sin querer en toda la cara una vendada que disfrutaba disimuladamente el de abajo y sufría el de arriba, tramando la venganza que consistía en hacerle lo mismo a él cuando menos lo esperase. A veces la broma era ligera pues el de abajo mandaba solo media vendada de paja, apenas los dientes de la bielda cubiertos. Eso significaba que le iba bien la mañana, que no le molestaba el viento o que los que cargaban en la era eran flojos y le daba tiempo suficiente para hacer su labor. En una palabra, que estaba de buen humor. Otras, sin embargo, nos sorprendía como digo con un biendazo de paja que se nos estampaba en la cara y nos dejaba ciegos y mudos para un rato. Era su manera de decir que allí mandaba él y cuidadito con las bromas. ¡Abusón!. Había que moderar los humos y las ganas de revancha y guardarlas para momentos de máxima seguridad si se presentaban. Los nombres de Tino, Daniel, Adolfo, un palentino taciturno y trabajador, etc., son amables recuerdos hoy. La paja trillada suponía una materia de primera necesidad para la vida de la casa. Era alimento para animales, mullido para las cuadras y combustible para una lumbre que lucía en la cocina solo 365 días al año durante muchas horas. Y si sobraba, como era el caso, se vendía a algún conocido de la montaña, o de la capital como un tal que Nicolás, yerno de D. Máximo con una rica cuadra en el Bº de San Andrés de León, que tenía un Chevrolet azul flamante. Un tesoro, sí, pero había que encerrarla, o sea traerla de la era a casa. Para ello se añadía a la trasera del carro una red amplia para aumentar su capacidad, y viajes van y vienen, uno detrás de otro, de la era al pajar donde se descargaba en un montón al lado del bocarón y un adulto vendada a vendada la mandaba al almiar como digo arriba. La ceremonia se repetía milimétricamente una vez y otra: llegada a la era, colocar el carro a celo de culo al montón, el que llegaba y el o la que estaba en la era comenzaban a echar vendadas al carro. Cuando se llenaba se ponía la red y el chico ya subía al carro para echar a la red la paja de un envite y pisarla para que no se cayera por los agujeros de la red, y seguir cargando hasta llenar el carro. El viaje de vuelta a casa suponía en general la primera vez que los mayores nos permitían ir solos conduciendo el carro. Eso nos agradaba. Nos íbamos haciendo mayores, o interesaba que así fuera. Resulta difícil imaginar un trabajo más molesto, desagradable y dañino para todos los sentidos. El polvo se pegaba al cuerpo por el sudor y entraba a la boca y los pulmones, picaban los ojos. Pero nosotros encontrábamos divertido brincar en la mullida paja, tocar las veras del techo, gatear para no darnos coscorrones con las veras, jugar con el que estaba fuera, escalar por la cuesta de la paja y otras cosas por el estilo. Y al salir no había ducha posible: sacudir la ropa, un chapuzón en la pila del corral y a correr. Macario Aparicio Marne
 
DE LAS VACAS A LAS MULAS Y DE LAS MULAS A LOS TRACTORES Las vacas y las mulas coexistieron durante años. Y tampoco los tractores irrumpieron en tropel en el campo. Vinieron poco a poco comenzando por los agricultores más pudientes, más atrevidos o más comprometidos con el futuro del oficio. También influyeron las fuerzas dedicadas por cada familia al trabajo en el campo, y las posibilidades de desarrollar un gran volumen de actividad para rentabilizar la inversión en la compra de la nueva herramienta. Quien más se implicó en esta aventura de modernización, antes y en mayor medida disfrutó de su rendimiento. La década de los años 1960 al 70 fue el período central en que se realizó la transformación en nuestra tierra y en general en todo el agro español. Hubo adelantados y retardados, y los que no se subieron cada uno por sus propias razones a esta primera oleada de modernización abandonaron pronto el pueblo y se convirtieron en los primeros emigrantes en llegar a las ciudades en busca de un futuro mejor. Era natural, se encontraron de pronto en una inferioridad de condiciones de trabajo y de producción que ponía en peligro su supervivencia. Aquí se inició la despoblación de las aldeas. Llegaron primero unos tractores sin cabina, lentos, ruidosos, escasos de potencia, apenas llevaban dos o tres arados pequeños, que hoy calificaríamos casi como máquinas de juguete. Pero eran un adelanto de ensueño porque araban, trillaban, acarreaban, sembraban, casi todo estaba a su alcance. Bien recordamos los Super-55, Barreiros, Zetor, Fame, Masey-Ferguson, Fiat, Ebro, etc., y más aún revivimos el frío que tuvieron que pasar los tractoristas jóvenes y maduros al volante de esas máquinas arando en las noches gélidas de otoño e invierno. Porque los ingenieros pensaron mucho en la máquina y poco en el conductor. Los cambios. Se produjeron cambios en el pueblo y en las personas, bastantes. Sin embargo, apenas se notaron porque eran a favor, traían bienestar, más rendimiento y sensación de progreso, pero claro que modificaron bastantes costumbres. Las cosas sucedían más deprisa: ya no había que enganchar la pareja para ir a trabajar, ni darla antes el pienso para que se alimentara; como máximo había que llenar de gasoil el depósito o mirar el nivel del aceite, si no lo habías hecho la noche anterior; los viajes a las tierras no duraban una eternidad a la ida y un poco más a la vuelta, cargados o de vacío; el trato, a veces suave a veces áspero con los seres vivos se transformó en la necesidad de aprender unas nociones de mecánica, cuantas más mejor, pues las rabietas en adelante iban a ser con relés, cajas de cambios, presión del aceite, telares que no sufren ni padecen, ni responden a las diatribas, pero son tercos como las mulas, y mucho más. Y hasta una parte de las conversaciones comenzaron a versar sobre temas nuevos, olvidándose de los de toda la vida. Así en las familias comenzamos a hablar de mecánica y aprendimos todos lo que era el tercer punto, el agua en las ruedas, las velocidades cortas y las largas, y hasta el color especial del gasoil agrícola para evitar la picaresca. Más cambios: en adelante los ruidos del pueblo iban a tener otros sonidos. El cantar de los carros, orgullo de los labradores, se sustituye por algo que se llama nada pues los remolques, sobre ruedas de goma, no suenan; el chirriar de los carretillos con sus arados al hombro se pierde porque ahora los arados vienen en el aire cogidos con las pinzas del tractor. Principalmente se oyen rugidos del motor, diferentes para oídos expertos según la marca, chirridos de hierros que rozan entre sí, cadenas que se golpean y frenos que se aplican a las llantas de las ruedas. El pueblo aparece colonizado por extraños artilugios que no entienden la voz humana, solo obedecen a una rueda que gira a voluntad de unas manos juguetonas. La vida deja paso a la mecánica, a los minerales. Y todos lo celebramos con alivio y amplias expectativas. Las cuadras ahora vacías se llenan de bicicletas, estanterías y trastos que poco a poco van quedando obsoletos. Los aperos del ganado colgados de clavos en los portales y luego retirados a un rincón se acartonan y se pudren; las herramientas de pronto inútiles, muchas y variadas, arrinconadas en cairizos oxidándose al paso del tiempo. No pocos nostálgicos buenos han acondicionado casas y naves para conservar estos objetos que juntos dan cuenta de un período de la historia y de la vida de unos hombres en un lugar concreto del planeta. Los llaman museos y el nombre suena algo pretencioso y mercantil, pero que duren muchos años. Los animales fueron desapareciendo más bien deprisa que despacio. Al principio se conservaba una pareja para alguna faena de poca entidad, o en lugares inaccesibles para el tractor como las huertas y fincas diminutas. O se mantenía la burra de toda la vida para viajes de apoyo y de servicio familiar. Pero cuando se hicieron viejos estos ejemplares se vendieron y ya no se sustituyeron. La máquina podía hacer más cosas de las que se pensaba sabiendo manejarla, o las cosas se adaptaron a las condiciones de la máquina. Ambas cosas ocurrieron. No hay duda, pienso, que hubo quién sintió nostalgia de la compañía de sus vacas, de la ceremonia de enganchar y desenganchar la pareja, de darlas de comer, de caminar detrás de ellas cogido a las manillas del arado, de los apuros que pasó trabajando con ellas y superó con su esfuerzo generoso. Y el nombre de algún animal ha quedado grabado para siempre en la memoria de la familia, como la Serrana o el Rubio. El título del escrito alude también y en primer lugar al paso de las vacas a las caballerías, que sin duda existió pero no fue muy definido, pues siempre coexistieron parejas de vacas y parejas de caballerías, incluso en la misma casa de labranza. Las caballerías tenían un paso más ligero y por eso venían a aumentar la productividad dando más velocidad a las tareas, pero tenían menos fuerza que las vacas y eso era fundamental en las duras labores del campo. También eran menos manejables y seguras, cosa ésta muy importante para transitar por aquellos caminos tortuosos. Por eso nunca sustituyeron totalmente al vacuno, ni siquiera fueron la opción mayoritaria. Fue un ensayo que resultó un éxito menor. Por cierto que esta variable vacas-bueyes frente a caballos-mulas viene de lejos, de la edad media por lo menos, y fue asunto polémico entre nuestros ilustrados como Gaspar Melchor de Jovellanos que siendo asturiano conocía bien León y que manifestaba su preferencia por los primeros en términos tan familiares y apegados al terruño que se diría tenía gran experiencia en laborar con unos y con otros animales. Hemos sido, pues, testigos y partícipes de un paso adelante de nuestros pueblos llamado industrialización del campo. Aumentó la productividad, disminuyó el esfuerzo, apareció el tiempo libre y llegaron diversiones nuevas. Y el proceso siguió aceleradamente hasta hoy, con diversos cambios de productos de cultivo, de precios, de mercados, de burocracia, de centros de decisión, etc. Tanto avanzó que hoy está en peligro ... todo: el trabajo y el pueblo. ¿Se termina un camino?, ¿cómo será el que venga? No se vislumbran las nuevas rutas, pero seguro que serán hacia adelante. Macario Aparicio Marne
 
LAS ESTRELLAS FUGACES No sabíamos nada de ellas pero las veíamos todos los años y nos asustaban. Éramos unos privilegiados para contemplar el firmamento porque vivíamos la noche durante muchas horas bien sea trabajando o en viaje de un lado a otro, y además a oscuras, incluso sin luna en las fases correspondientes de su ciclo. La lumbre del cigarrillo entre los labios de algún hombre era la única luminaria artificial que había alrededor. De modo que los cuerpos celestes aparecían en toda su brillantez. Y a fe que lo hacían. Dicen los libros que a simple vista se pueden contemplar entre dos y tres mil estrellas en el cielo; será verdad pero parecían muchas más, no había un palmo del firmamento sin una o varias juntas. Era un panorama que sin entenderlo resultaba fascinante. En el suelo reinaba la oscuridad casi absoluta, como digo, de tal manera que era difícil realizar cualquier tarea, incluso caminar, pero el cielo a lo suyo, rutilantes estrellas por doquier. Otra cosa es el conocimiento que nosotros teníamos del panorama, que como también he dicho arriba, era casi nulo. Apenas unas nociones teóricas de astronomía que incluía el sol, los planetas y las estrellas como ideas de los libros ajenas a la realidad. Apenas aprendimos a distinguir la osa mayor, la osa menor y las tres marías, que supongo serían las estrellas del cinturón de la constelación Orión. Esto es todo lo que recuerdo escuchar a mi padre. Y a los maestro nada de nada, a ninguno. Así que las estrellas fugaces eran eso, estrellas que se iban a sabe Dios dónde porque querían, o caían al abismo que podía ser la tierra cansadas de vivir en el aire. Temblaba cuando en agosto, al venir de la era a las once de la noche tenía que ir con las vacas al agua a la fuente del caño, a doscientos metros de casa. Miraba de reojo al cielo y distinguía nítidamente el rastro de la estrella fugitiva preguntándome si mataría a alguien o incendiaría los campos. Por supuesto deseaba que no apareciera en el camino de vuelta a casa con las vacas. Hoy hasta los niños saben lo que son. ¡ Qué ocasión perdimos todos los campesinos para aprender a mirar el universo estelar! Solo con las horas empleadas en viajes de un lado a otro salíamos licenciados. Pero nadie despertó la curiosidad de nuestra mente, ni parientes ni autoridades. Quizá fuera que tampoco había en ellos, en los mayores, hueco para “trivialidades”, la necesidad urgía tanto que lo ocupaba todo; “no eran tiempos de requiebros” escribía Carlos I a su esposa desde los campos de batalla de Europa, pensamiento que se podía aplicar ajustadamente a las circunstancias vigentes entonces. Macario Aparicio Marne
 
¡TODOS A FUENTES! ¡Todos al pueblo!. Los que estamos fuera nos unimos a los que están allí para celebrar juntos la fiesta de Sacramento. Juntos a alabar a Dios en la Misa y en la Procesión por las limpias calles entre las casas engalanadas, luego saludar a tantos antiguos vecinos o familiares que se acercan al pueblo ese día y preguntar unos por otros y viceversa. Después la comida en la casa resucitada por un día, la nostalgia de los mayores y la diversión de los pequeños. La memoria de nuestro pasado ligado a personas, costumbres y lugares es parte de nuestro presente y escuela de saberes. ¡Buena fiesta tengamos! Macario Aparicio Marne

Actualizado (Miércoles, 14 de Mayo de 2014 00:50)

 
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