ATROPANDO GAVILLAS
 
Atropar gavillas, atropar brazados, enmorenar, era lo mismo.
 
Se trataba de coger los pequeños montones de mies que hacía la máquina de segar y juntarlos en uno más grande que se llamaba  morena.
 
La hoz fue un invento muy importante para el progreso de la humanidad pues hizo posible la recolección de cereales y plantas similares a ellos  que criaba la tierra primero, y luego que sembraban los hombres, en cantidad suficiente para alimentar a las familias que formaban la tribu, y pasar de la vida nómada a la vida sedentaria. Se conoce su uso desde el año mil antes de Cristo y consta su desaparición hace apenas tres  generaciones. Hoy la hoz es una herramienta para contemplar en el museo de los útiles campesinos, donde al menos merecería un sitio de honor.
 
Para segar, después de la hoz vino la guadaña, nombre de etimología discutida, llamada en algunos sitios dalle de etimología latina transmitida a través del provenzal y del catalán. Y, finalmente, la máquina de segar tirada por animales. Y más recientemente, años 70, se extendieron las cosechadoras que terminaron con el verano, porque lo hacen todo y solo piden un operario al volante en su cabina y otro en la cabina del tractor que recoge los productos  que ella va acrisolando en su buche  tecnológico.
 
Pero el tema de hoy se refiere a la máquina de segar que hizo su trabajo durante varias generaciones. Ya era entonces un invento notable. Se trataba de un artilugio ingenioso: la rueda izquierda era grande y llevaba acoplada una rueda dentada que daba vueltas con ella, y al dar vueltas movía una viela que, a su vez, movía unas cuchillas de dos metros de ancho que se tendían en paralelo al terreno incrustadas en un tablero que recogía la mies que iban cortando. La rueda dentada movía también cuatro rastros instalados en la cabeza del mecanismo central de la máquina, que giraban sobre una plataforma redonda, cuya misión era empujar a las cañas hacia las cuchillas y hacia el tablero que las recogía.  Cuando se llenaba éste, el segador pisando un pedal con el pie habría  un mecanismo para que un rastro barriera el tablero y descargase la mies. Así, cada diez o quince metros salía del tablero un montón de mies. El segador procuraba descargar la gavilla enfrente de donde había descargado la vuelta anterior, de tal manera que al acabar de segar una tierra se podía contemplar los brazados como un ejército alineado en hileras y en filas, según el ángulo de visión, y según la pericia del director.
 
Coger estos pequeños  montones de mies y formar morenas, es lo que llamábamos agavillar. Era una tarea que comenzábamos a hacer muy pronto, y ponía a prueba nuestras fuerzas, nuestra maña y nuestro ánimo. El peso del brazado de mies no era mucho, salvo excepciones, y más sabiendo el segador que en la cuadrilla había chicos más bien pequeños. Sin embargo, no pocas veces teníamos que dividir en dos el montón para cogerlo, porque no nos llegaban los brazos ni con ayuda de la  hoz. Además, mirar una tierra cubierta por cientos de gavillas que esperaban nuestros visita  para llevarlos al sitio correspondiente, era un espectáculo que hacía flaquear el  ánimo. Añadamos a este panorama el calor  propio de los meses de julio y agosto en una jornada que iba de diez de la mañana a diez de la noche, con la interrupción al  mediodía, y el cuadro puede ir definiéndose. Picaba el sol en la cabeza, las pajas y los cardos en los brazos y en la cara, y la galvana nos invadía por momentos. Entonces mi madre que iba con nosotros, o mejor nosotros con ella, nos avivaba con la promesa de comprarnos algo al final del verano (una bicicleta, un reloj), cosa que nunca llegaba, y así el señuelo servía para el año siguiente. Puestos en marcha comenzábamos a llevar brazados a la morena, cada año con más dominio y agilidad, hasta dar cuenta de una tierra tras otra, y de una campaña y la siguiente. Hacíamos morenas perfectas, altas, redondas, tapando las espigas de un brazado con las cañas del siguiente para que no se mojaran  y se naciera el trigo, y para que no las levantara el viento.
 
La primera vuelta a la tierra era la más larga,  se hacía interminable; solo en lontananza se veía la burra estacada y los aparejos con las viandas. Finalmente llegábamos sudorosos y sedientos, buscábamos afanosamente el botijo y dábamos cuenta de un buen trago de agua, que aunque estaba caliente sabía como el mejor refresco. Y vuelta al tajo.
 
Acabada la faena , fatigados pero contentos, aparejábamos la burra, recogíamos los trastos del trabajo, y desde lo alto del asno contábamos las morenas que habíamos hecho, y sumábamos a las anteriores, hasta que al fin de la jornada decíamos “hoy hemos hecho cien morenas, o ciento cincuenta”. Era el trofeo de nuestro trabajo.
 
La siega del trigo y la cebada solía durar de quince a veinte días, y era una de las tareas más duras del verano, incluso si la máquina respondía bien. No digamos si bielas, bolillos, rastros, cuchillas y engranajes varios decidían declararnos la guerra sin contemplaciones. Ir a un taller entonces era coger la burra, o como máximo la bicicleta, y camino adelante, para al llegar al taller en  Valencia de Don Juan, apelar a la buena voluntad de los mecánicos y conseguir que se pusieran a reparar la pieza prontamente. Me parece que en general herreros y mecánicos fueron bastante comprensivos, quizá no todos, y atendieron con diligencia los ruegos de los labradores que llegaban a ellos con sus averías mecánicas. También  ellos guardarán el recuerdo de aquellos campesinos que se les acercaban pidiéndoles con buenas maneras que sin mirar el reloj echara una mano a esa pieza que solo ellos podían reparar. Y era costumbre hacerlo sin cobrar el arreglo sino apuntando el importe en una hoja de libreta quizá grasienta hasta el final del verano cuando el interesado con la venta de los primeros frutos del campo pasaba a liquidar sus deudas por los talleres respectivos.  Luminoso ejemplo de confianza por ambas partes.
 
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