LAS SOPAS DE AJO DE LA MAÑANA
 
 
Desde la cama oíamos el golpeteo de la maza del mortero. Podían ser las ocho de la mañana en pleno invierno,  y la abuela ya se había levantado, partido los palos y puesto la paja en la lumbre para encenderla y comenzar las tareas del día. Hace frío fuera, mucho frío porque aún sigue la temperatura gélida de la noche que forma  chupiteles en las canales de los tejados, y hace frío dentro porque en la casa no hay ninguna fuente de calor en funcionamiento, ni lumbre, ni brasero ni calor humano. Pero los mayores tienen que echar a andar para atender a los animales y la abuela para preparar la primera comida caliente del día.
 
Mi hermano y yo cuando oíamos ese castañeteo del mortero sabíamos que pronto había que abandonar el calorcillo de las sábanas si queríamos obedecer la voz de mi abuela que nos llamaba, cosa que acabábamos haciendo, casi nunca a la primera invitación y a veces obligándola a subir a tirarnos literalmente de la cama con no poco esfuerzo por su parte.
 
A la primera o a la última, cuando hacíamos la entrada en la cocina comenzábamos por dar los buenos días a los presentes con una fórmula versallesca: “Buenos días tengan Vds..- Buenos días.- Descansaron Vds. bien?.- Bien, y vosotros.?.- Bien, gracias a Dios.”, todo a media voz y un poco cohibidos. Después  ya nos sentábamos y escuchábamos lo que hablaban los mayores.
 
Sucedía a veces que por alguna razón de no mayor importancia nos llamaban antes de tiempo, y entonces es cuando podíamos ver lo que ocurría en la casa en esos primeros momentos del día.
 
 Los mayores ya hemos dicho que bien abrigados, colegial incluido, atendían las gallinas, los conejos, los cerdos y los demás animales mayores, limpiaban las cuadras, preparaban aperos, etc., en las cuadras, en el portal, en el corral o incluso fuera de la casa Así que a quien teníamos a la vista y no perdíamos detalle  era a la abuela ayudándola a veces a poner la paja y partir los palos para encender la lumbre. Pero una vez en marcha el fuego, la cocina ya era territorio suyo.
 
Con paso ligero, a pesar de la edad, y gesto concentrado cogía un puchero grande de la despensa debajo de la escalera, lo llenaba de  agua, echaba sal y lo ponía al fuego. Luego volcaba un buen chorro de aceite en una sartén lo colocaba sobre una trébede y lo arrimaba también a la lumbre para inmediatamente mondar unos cuantos dientes de ajo, de la cosecha de la casa, meterlos en el mortero de madera y comenzar a machacarlos con la maza. Bien arrellanada en su silla baja de enea, apoyaba el mortero en el  regazo y con la maza, cogida fuertemente con la mano izquierda porque era zurda recalcitrante, golpeaba directamente el ajo, lo estrujaba contra la pared del mortero, volvía a atroparlos en el centro, y majarlos de nuevo cuantas veces fuera necesario hasta  conseguir una pasta compacta y suave que echaba en el aceite ya hirviendo de la sartén, y añadía, separando un poco la sartén del fuego, una cucharada bien colmada de pimentón  dulce y algo de picante, pues las sopas de ajo deben estar más bien alegres. Volcaba el refrito de la sartén en el  puchero con el agua ya hirviendo, lo revolvía y estaba hecho el caldo de la sopa. Ya aparte tenía preparadas las escudillas de diferentes formas y tamaños correspondientes a cada uno de los miembros de la familia con las torrijas migadas la noche anterior por el padre,  echaba el agua del puchero en cada una, con cuidado de no quemarse, pues el agua estaba casi hirviendo y estaban hechas las sopas de ajo del día. Necesitaban un tiempo breve para remojarse, y calentitas sabían como el  manjar que eran.   Ella solía ser la primera en dar cuenta de su obra, pero nadie se descuidaba pues enseguida  daba la voz de que las sopas estaban listas.
 
Si los amos se encontraban por el campo como ocurría la mitad del año  nos tocaba a mi hermano y a mí aparejar la burra, recoger el serón que nos preparaba la abuela con las sopas en un perol para todos los ausentes junto con una tortilla recién hecha, meterlo en la alforja y al camino. Pero ¿a qué camino? Había muchos y malos casi tantos como pequeñas y escondidas tierras. Era lioso incluso explicar el itinerario: cogéis el camino de tal, pasáis la reguera de cual, subís la cuesta y a la derecha ya  veis las parejas  a lo lejos porque están la tierra de arenales, por ejemplo, nos repetían la noche anterior. Y así un día y otro, hasta que mi hermano y yo fuimos creciendo y conociendo el campo. Pero me parece que, pequeños o mayores, nunca nos perdimos, nunca dejamos sin almorzar a los aradores, nunca  volvimos con el almuerzo entero  para casa. Aunque alguna duda me queda hoy si el mérito fue nuestro o de la burra que conocía las tierras bien y que por la mañana al salir de casa mi padre la decía a la oreja dónde tenía que llevar hoy a nosotros y al almuerzo. De aquellos burros se puede pensar cualquier cosa buena, y que le contestaba con una mirada y moviendo las orejas, y hasta puede que le sonriera con cierta sorna como diciendo “eso déjalo de mi cuenta, jefe”.
 
Cuando leo lo arriba escrito me parece que el título sería más apropiado si dijera que “Así era mi abuela”, pues ella ocupa la parte central  y más bondadosa del artículo. Con eso se dará por conforme, es suficiente para quien no se ocupaba más que de trabajar.
 
 
Macario Aparicio Marne
 
 
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