EL PUEBLO
 
Después de escribir varios relatos sobre actividades, costumbres y vivencias de los habitantes  de Fuentes, entre los que me incluyo, me he dado cuenta que no he hablado nada o casi nada del pueblo en sí, que es donde tenían lugar esas manifestaciones.
 
¿Cómo era el pueblo? ¿Cómo eran sus casas, sus calles, sus servicios, sus tierras, su entorno?. Quienquiera que fuese el que fundara Fuentes, por qué lo hizo donde está y no en otro lugar; qué relaciones existían  entre los pueblos de alrededor. Y finalmente, el futuro, cuál será el futuro próximo o lejano de Fuentes y de los otros núcleos de población cercanos a éste.
 
El pueblo visto desde el aire es un nido de casas apelotonadas en la falda noroeste de un pequeño otero, casi una ligera cuesta que solo notan los muy ancianos o los enfermos de corazón, en cuya cima se levanta la iglesia. Su esbelta torre en forma de espadaña se yergue sobre los tejados y mira al pueblo con semblante alegre, protector y animoso.
 
Entrando en sus calles vemos que casi todas son amplias, irregulares, con ligeros desniveles, y de tierra. Por tanto, con polvo en verano y con barro espeso y pegajoso en invierno. De él, del barro, tratábamos de defendernos con unas madreñas que aprendíamos a manejar de niños, pero que a veces se quedaban atolladas en uno de tantos charcos de los que teníamos que salir hundiéndonos hasta la canilla. Nada más que mermaban un poco las lluvias se  hacían senderos que conocíamos al dedillo y recorríamos con ligereza para desplazarnos por el pueblo limpiamente, salvo cuando champábamos ..... Y de noche, la media docena de bombillas que lucían ( es un decir) en alguna esquina, apenas daban luz para distinguir bultos;  alumbraban más la luna y las estrellas en noches claras que ellas. De todas maneras, las madreñas, incómodas para los rapaces, son un invento notable que los paisanos, sabios ellos, sabían explotar y llevar  también en seco para defender los pies del frío suelo endurecido por las inclementes heladas del invierno. Por esas calles tratábamos de jugar y divertirnos chicos y chicas durante los largos meses de frío y lluvias.
 
No sé si hay  base suficiente  para  tratar de construir una teoría sobre el estilo de  la construcción de las casas del pueblo y de  la comarca. La realidad es que se hacen con mucha tierra porque abunda y poca madera, la imprescindible, porque escasea. El sistema  que utilizan los “arquitectos” es el tapial, ancho y bien apisonado, para las paredes maestras,   el adobe, grande y pesado, para las paredes interiores, y la  tradicional teja cocida sobre costanas de varas de palera y tirantes de madera de negrillo para la cubierta. No hay concesiones a la comodidad, al saneamiento conveniente  y mucho menos a los elementos decorativos. Se construyen sin otros miramientos  que el que el de cumplir  con su finalidad básica de vivienda, de cuadras y de paneras, en medio de un páramo de clima casi extremo y sin otros medios de defenderse de él que la casa. Algunas se atreven a abrir un corredor a mediodía o a poniente para disfrutar unos pocos  días al año de sol suave y secar algunos frutos del campo. Los cimientos eran más bien poco profundos,  la altura de dos plantas, y unas con mejor construcción y distribución que otras porque no eran tan antiguas, aunque todas lo eran, pues no recuerdo que en el pueblo se construyera ninguna casa nueva en aquellos años cincuenta ni en muchos años después. Tenían un portal de “alante” que daba acceso a la vivienda, y un portal de atrás que llevaba a las cuadras de los animales, a las paneras y al corral. Solo unas pocas casas tenían todavía una misma entrada para personas y animales.
 
Las estancias de las viviendas, habitaciones, comedor y cocina, eran modestas y  reducidas; en alguna casa muy reducidas. Se comunicaban con el exterior por una ventana que a veces era más bien un ventanuco, por donde no entraba el frío, pero tampoco la luz. En las habitaciones había  lo fundamental: una cama, una mesilla, un orinal y un Cristo en las alcobas. Una mesa rústica de madera y varias sillas de mimbre o de madera en el comedor, y en la cocina la lumbre de paja y leña, un banco multiusos, una mesa robusta con sillas, alguna seguramente algo desvencijada, una alacena o armario para la vajilla y una cantarera para  las vasijas del agua.  El taco del Corazón de Jesús, un calendario y un cuadro religioso, completaban el mobiliario de la pieza más importante de la casa. El piso de la vivienda podía ser de tierra apisonada o de baldosín rojo,  y en el piso de arriba solía haber  alguna habitación y paneras menores  para productos especiales como garbanzos, ajos, uvas, etc.. La defensa contra el frío del invierno era el fuego de la lumbre, y contra el calor del verano el agua del botijo, además de la fortaleza y aislamiento de sus paredes que ya he reseñado y que eran tan importantes.
 
Aquí nacíamos, atendidas nuestras madres por una vecina hábil en esos menesteres; aquí crecíamos y aprendíamos lo que nos enseñaban nuestros mayores y las circunstancias que nos rodeaban, exactamente lo mismo que hicieron nuestros predecesores. Allí, entre aquellos muros y en aquellas estancias bullía la vida, la vida callada y generosa de algún abuelo, la vida afanosa y preocupada de los padres, y la vida naciente e incierta de los hijos, casi siempre muy numerosos.
 
Con no pequeña sorpresa leo en un periódico económico de este mes de abril de 2013 lo siguiente, en extracto: “ Tapia, la técnica tradicional de la construcción sigue viva. Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia son los países donde más se construye con tapia, un concepto muy próximo a la tierra y que atrae mucho a las personas. Consume menos energía en la construcción y  es un materia que se adapta muy bien al clima, permite tener una humedad muy controlada que se traduce en grandes beneficios para las personas (salud de la piel y buena respiración) “.  Fin de la chuleta.
 
La tierra de Fuentes es predominantemente parduzca, más bien fuerte que ligera y pedregosa, y muy fértil en general. Y el panorama que rodea al pueblo es tierra y más tierra, solo tierra y caminos. El viajero tiene que  saber que  no debe buscar sombra para descansar o agua para saciar la sed, porque apenas  encontrará más que la presencia de algún arbusto y el agua rebalsada de dos o tres hontanares, y alguna reguera con los restos procedentes de un manantial exhausto. Al ser básicamente tierra llana, las labores del campo se realizan con comodidad y rapidez, una vez superado el inveterado problema del minifundismo más   extremado en el que solo acertar las tierras ya tenía mérito, y no olvidarse de acarrear alguna  ( pocas veces pero ocurrió ) exigía memorias privilegiadas. El fruto que de aquí se recolectaba daba para sobrevivir, mientras se proyectaban en la mente otros horizontes que mejorasen la suerte de los vástagos llamados a salir y de los destinados a quedarse.
 
En cuanto a servicios, Fuentes tenía atención médica, escuela, cura párroco, palo de los pobres, cendera o hacendera y seguro de animales. Seguramente otras formas de ayudas entre vecinos existieron y ya fueron disueltas, y olvidas por la memoria de los vivos, a pesar de su interés como manifestación de la solidaridad humana en una situación precaria.
 
El médico vivía en un pueblo próximo y pasaba visita un día a la semana fijado ya de antemano, a no ser que lo necesitara algún enfermo, o le fueran a llamar a su casa por un caso urgente, a lomos de un animal o a pie. Acudía, ya desde los primeros tiempos, a bordo de un flamante coche que suponía un pequeño espectáculo para los chavales y menos chavales. Era un médico  a la antigua usanza, utilizaba el ojo clínico para diagnosticar los males del enfermo porque no había otros medios a disposición. Por supuesto se valoraban sus aciertos en sanar a los pacientes, y reconfortaba mucho a la vecindad comprobar la atención, la disponibilidad y el interés que demostraba en cada ocasión que se le requería, por eso supongo que se pasaban por alto sus carencias. Era persona muy respetada, y cobraba una iguala anual, generalmente en especie como trigo, garbanzos, etc.. Se recuerda bien el nombre de alguno de estos médicos y practicantes.
 
La escuela era un edificio amplio y soleado, agradable para las tareas a que estaba destinado. Los chicos íbamos con regularidad a ella, y aprendíamos según la dedicación de cada uno Era frecuente dejar la escuela para acudir a colegios de la ciudad o casas de formación de frailes y monjas. Algunos luego llegaron a formar parte de las órdenes religiosas respectivas, y otros cambiaron en diferentes momentos de la carrera, y buscaron su futuro en otros ámbitos de la sociedad. La aportación de seminarios y órdenes religiosas al mundo laboral especializado, que alguien ha estudiado sociológicamente y cuantificado, fue considerable y meritoria. El sacerdote, o cura, vivía en Fuentes y atendía solo al pueblo. Desarrollaba una actividad religiosa de carácter litúrgico y catequético tal como se entendían en aquellos tiempos las cosas, y otra social de relación con los vecinos y de apoyo a  otras manifestaciones culturales y de entretenimiento para el pueblo. Su figura gozaba de gran estima y autoridad.
 
Hacendera era un servicio que se hacía el pueblo a sí mismo, llamando a  todos los vecinos a trabajar dos o tres días al año en diferentes épocas, limpiando los manantiales de la fuente y los lavaderos, arreglando caminos, despejando regueras y madrices, etc.. Ese día, el de hacendera, una persona por cada casa acudía con herramientas apropiadas a la faena  señalada por el alcalde. Todas las tareas eran importantes, pero la de desbrozar los hontanares que abastecían de agua al pueblo  era  además imprescindible porque proporcionaban agua a personas y animales, ya que muchas casas no disponían de pozo en el corral.  Una hacendera especial fue el arreglo de las calles del pueblo extendiendo una gruesa capa de  grava del río, que acabó con el barro y trajo felicidad a todos.
 
El palo de los pobres era una institución privada de caridad, a falta de otra pública. Las necesidades eran muchas y los necesitados más. De ahí que los que tenían algo repartían un poco  con los que no tenían nada. Por eso cuando llegaba un pobre al pueblo al anochecer, preguntaba en qué casa estaba el palo de los pobres, y esa familia le daba la cena y un lugar para dormir, generalmente el pajar, la lastra o la cuadra, pidiéndole antes que entregara a los amos los objetos peligrosos que llevara como cerillas y mecheros para evitar descuidos en su seguro que prolongada vigilia nocturna. A la mañana siguiente marchaba y el palo de los pobres pasaba a la casa siguiente.
 
Lo que yo llamo un seguro rudimentario de bienes consistía en que cuando moría un animal de trabajo, los vecinos del pueblo compraban la carne si era comestible, y resarcían así en parte al menos la pérdida del animal. Es una fórmula muy simple y muy limitada de ayuda, pero lleva en sí el germen de la solidaridad y de reparto del riesgo entre los miembros de la comunidad.
 
Fuentes no ha sido protagonista de un  hecho histórico inicial relevante como para poder fijar con alguna precisión su origen y evolución. Ni Fuentes ni ninguno de los pueblos circundantes, me parece. La grande y la pequeña historia ha pasado de largo de nuestras tierras, lo que no es ninguna frustración ni desdoro. Tenemos en libros de la parroquia y de la alcaldía detalles y curiosidades de la vida del pueblo desde hace varias centenas de años, y algunos se pueden leer en el libro de Ana-María García, y otras obras. Nos conformamos con eso, con saber que somos un asentamiento ya antiguo en el que muchos hombres y mujeres han venido a la vida, han pensado, gozado y sufrido, y despertado a la vida eterna en la que creían y creemos. Esa es nuestra cuna y nuestra familia genética.
 
Lo dicho no impide preguntarnos a título de curiosidad, o búsqueda de razones, cuál fue el motivo para fundar el pueblo donde está. El primer o primeros hombres que decidieron fijar aquí su residencia lo hicieron seguramente para estar más cerca de sus tierras de labranza, quizá también para guardar una equidistancia con otros asentamientos ya existentes, o aprovechando la defensa  del pequeño otero donde luego construirían la iglesia. Pudo ser por alguna de estas razones o por otras. Lo que sin duda influyó en su decisión son los manantiales que hay en el entorno del pueblo, en los lavaderos y en la barrera. A falta de un río próximo, ellos eran garantía para el  abastecimiento de un elemento esencial para personas y animales como es el agua, inagotable incluso en épocas de gran sequía como se ha demostrado a lo largo del tiempo. Por lógica las primeras casas construidas serían las más próximas a dichas  fuentes, es decir las de la solana, las de la calle que bordea las huertas, llamada hoy del Príncipe Felipe. y toda la manzana que llega hasta la plaza. Luego vendrían las demás, alrededor del hueco que ocupa la plaza mayor y las más alejadas. Y pienso que vista la antigüedad de dichas construcciones, naturalmente antes de las reformas recientes de algunas, esto pudiera haber sido así.
 
En el entorno de Fuentes hay unos cuantos  pueblos  más de muy similares características. La relación entre ellos propició siempre la comunicación y el intercambio de personas y cosas. Casamientos, compraventas de tierras, y otros hechos producían una cierta movilidad entre sus poblaciones. Había, además, profesiones específicas como las de herrero, molinero, panadero, tendero, peluquero, etc. que estaban ubicadas cada una en pueblos diferentes y desde allí servían a los demás. No sé si hubo un propósito común en la fundación de estos pueblos, si  sus pobladores fueron siervos de un solo señor feudal o terrateniente,  pero el devenir histórico ha sido similar en todos ellos.
 
Sobre el futuro de Fuentes, he escrito dos notas en esta misma página  Web, y no veo de momento  novedades para añadir o quitar algo, a no ser que la crisis económica que se presenta profunda y duradera, traiga alguna medida de gran calado en los sectores agrario y ganadero españoles.
 
Apenas he esbozado la realidad de un lugar que desde el origen ha sido para bastantes personas  el escenario inicial de su vida, y para la mayoría  también el definitivo. Las tertulias que se formaban en la solana, en la rinconada y en cualquier esquina soleada y resguardada del cierzo invernal guardan el secreto de las inquietudes de aquellas gentes, y la C/ de los Hilos, la C/ de Miguel Santos ( paisano muerto en la guerra civil como soldado), la plaza del pueblo, etc., rememoran las huellas de sus pisadas camino del trabajo o en la procesión del día de Sacramento, aunque ahora estén tapadas con cemento y adoquines.   
 
Macario Aparicio Marne
 
 
 
 
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