PONER EL CARRO
 
Puede parecer otra cosa, pero todos los trabajos del campo exigen inteligencia y destreza para desarrollarlos, o al menos, con estas cualidades  se hacen con menos esfuerzo, mejor y más arte. Y una de esas faenas sensibles al ingenio  era precisamente la de poner el carro, o sea colocar la mies para portarla de las tierras a la era.
 
Lo primero que se recogía era la hierba, y se hacía a granel, lo que exigía adelantar la preparación del carro. Pero si era posible se retrasaba esta operación porque significaba inutilizar el carro para muchos otros trabajos por la aparatosidad de los aditamentos  que se le ponían. Y el carro era una máquina multiusos: se necesitaba mucho porque servía para numerosas tareas.
 
Pero una vez segada la cebada ya era inaplazable proceder a la armadura del carro. Consistía esta tarea en colocar a las cuatro esquinas del mismo unos palos (picos) de tres metros de altura, encajados abajo en dos traviesas una delantera y otra trasera, abriéndose en un ángulo de 45ª con la línea del suelo y sujetos arriba por cuatro varales  que iban de una esquina a otra cerrando un cuadrado perfecto. De cada varal colgaba una red larga que formaba una bolsa en cada uno de los cuatro lados. Y por arriba las nubes. Se trataba de acarrear la mayor cantidad posible de cereal a la era para adelantar la tarea; llevar todo lo que se pudiera trillar en el día para aprovechar al máximo las fuerzas físicas y mecánicas de la casa.
 
 
Llegado el momento diario del acarreo se uncía la pareja al carro muy temprano, raramente más tarde de las dos de la madrugada, y se emprendía viaje a la tierra elegida.  Había tierras cercanas y lejanas pero no menos de media hora se tardaba en llegar. Luego se cogían las mallas, se bajaban del carro el rastro y la horca y a cargar.
 
El carro estaba delante de la morena por la parte de las espigas, de tal manera que el que daba los brazados, el que purría, lo hacía por la trasera. Colocaba las cañas hasta ordenarlas cuidadosamente y pinchaba la horca en la morena, una horca de seis enormes guinchos de hierro, cogiendo un gran   montón de mies que levantaba hasta dárselo a los brazos del que estaba en el carro para que él lo colocara. Éste comenzaba por ponerlo en el extremo de una malla lateral con las espigas para dentro y las cañas un palmo fuera de la red para ampliar el espacio útil; otro brazado al otro extremo de la red colocado de la misma manera y luego un nuevo brazado a cada lado pisando las espigas del anterior para que no se resbalase hacia fuera y se cayese. Es lo que se llama calzar la mies. Así hasta llenar una malla, luego las otras, y a continuación  el suelo o  tablero del carro. Después de muchas horcadas se había llenado de mies más de medio carro y se veía en toda su dimensión el considerable espacio que delimitaban los cuatro varales colocados como armadura. Entonces había que  cerrar la red de atrás. En adelante el carro se colocaba dejando la morena a un lado, al otro o a la parte de atrás, según dónde el que colocaba fuera a poner la mies, a fin de que  tuviera que andar lo menos posible con el brazado en los brazos: eran maestros en economía del trabajo  porque el día acababa de comenzar. Entonces  el que pujaba tenía  que darlos por encima de los varales subiendo la horca hasta la vertical y luego elevándola a pulso hasta las manos del ponedor,  lo que le exigía un mayor esfuerzo, tanto que ponía en tensión todos los músculos del cuerpo, ¡vaya ejercicio!. Primero se llenan las orillas y se calzan, luego el centro con el mismo guión, y siempre apretando la mies, pisando decíamos, para que quepa más. Es la norma del ponedor de carros, dominarla significa trabajar menos y hacer más.
 
Cuando se llenaba hasta lo alto de los picos, el que llevaba el control de la tarea decidía si continuar cargando o volver a la era, en función de la mies restante en esa o en vecinas tierras, o de lo que había ya en la era, tratando siempre de aprovechar al máximo los recursos disponibles  en orden a adelantar las tareas del largo verano. Lo normal era que se siguiese cargando el carro, colocando brazados por encima de los varales. Poner una o más vueltas lo llamábamos, por encima estaban solo las nubes, dije al principio. Ahora el trabajo del que purre es mayor porque tiene que subir mucho la mies y el del que pone el carro es menor. Menor pero más delicado porque existe el peligro de que se caiga por el camino de vuelta. Se comienza por un pico y se sigue hacia un lado hasta completar la primera vuelta. Cada brazado recostado sobre el anterior, sobresaliendo una cuarta de los varales y debidamente calzado con otro espiga con espiga. Podía seguir una segunda y excepcionalmente una tercera vuelta. La ayuda del que estaba abajo era la tranquilidad del que trabajaba arriba, de él se fiaba y a él obedecía cuando le decía “un poco más adentro” o “más junto”, ... ..  El espectáculo, una vez terminado el trabajo, era un carro o remolque voluminoso, desafiante, orgullo de los artífices de aquella obra a la que han dedicado tres horas manipulando  cientos de brazados de mies.
 
Ahora hay que volver a casa. Y en esta fase resulta imprescindible distinguir cuando se hacía  con vacas o caballerías  por caminos tortuosos y estrechos, y cuando se regresaba con el tractor y por caminos anchos y llanos por obra de la venturosa concentración parcelaria llevada a cabo en los años setenta del siglo pasado. En el primer caso la vuelta a la era suponía un ejercicio de paciencia, atención y dominio de los animales, así como de conocimiento del equilibrio inestable del volumen del carro cargado de mies. Se progresaba lentamente, por delante el guía de la pareja y detrás los ayudantes dispuestos a colgarse de una malla   si el carro se inclinaba demasiado hacia un lado por efecto de los numerosos baches del camino. El peligro era entornar, o sea volcar el carro y tener que volver a comenzar el trabajo hecho pero en condiciones mucho peores. Además, claro está, de ser la noticia nada  graciosa del pueblo por un día. La verdad es que era poco frecuente este percance por la pericia contrastada de los labradores en el dominio y la guía de animales y carretas. Y por la infinita paciencia que derrochaban en todo este trabajo.
 
Se atravesaba el pueblo presumiendo de imagen y de pujanza ante los vecinos espectadores que solían ser los propios familiares.  Breve jactancia que no duraba más de cinco minutos, pero significaba una pequeña compensación al esfuerzo. Todos sabíamos que al  día siguiente todo comenzaba de nuevo y en ello centrábamos ya nuestra atención.
 
Quedaba el último obstáculo, subir la rampa de la era, un tramo de quince  metros con una inclinación mediana  en ligera curva que conducía del camino a las eras particulares. El guiador se ponía de frente a los animales, les mandaba parar para recuperarse  un momento  antes de afrontar la subida, enfocaba bien la cuesta y luego con frases de ánimo, cogiéndolos de los cuernos y algún varascazo o ijadazo que otro conseguía que las vacas afrontaran el postrero y corto pero gran esfuerzo. Los animales bajaban la testuz, clavaban sus pezuñas en la tierra, hundían el lomo y temblaba todo su cuerpo por la intensidad del empuje. Quienes los  mirábamos disfrutábamos con la espléndida demostración de fuerza y de generosidad. Luego, el viaje había terminado.  A continuación se iniciaba la tarea de descargar el carro que realizaban una o dos personas con tanto menor esfuerzo cuanto mejor supieran cómo estaba cargado.  Valía más la maña, léase conocimiento, que la fuerza y se notaba bien quién la tenía y quién no.
 
Macario Aparicio
 
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