LA COCINA

 
En la casa de entonces todo era importante porque no había lugar para lo superfluo. Pero la cocina era, sin duda, la parte fundamental de la casa, donde se desarrollaba la vida de la familia durante una parte del día .
 
Nuestra cocina era bastante luminosa, porque tenía una ventana de considerables dimensiones, para los ventanucos que se estilaban por entonces, que daba al corral que era espacioso y abierto. Al entrar tenía  a la izquierda la cantarera con dos tinajas o cántaros para el  agua  y una jarra o un pequeño tanque para sacarla y beber. A lo largo de la pared mayor se extendía la trébede, ancha y solada  con azulejos blancos. A una esquina de dicha trébede había una pila rústica que hacía de fregadero, a continuación la lumbre de paja y leña, y con el tiempo  una cocina económica, llamada así inexplicablemente pues consumía carbón que había que comprarlo obviamente. En el centro o a una esquina de la cocina  había una tosca mesa rectangular, y por la orilla de las paredes sillas, algunas renqueantes, en tamaño y número adaptados a los miembros de la familia. No faltaba un armario o alacena para guardar la vajilla y otros utensilios y condimentos de uso en la cocina.
 
 Por supuesto no existía televisión, ni frigorífico, ni lavadora, ni lavaplatos, ni horno ni microondas. Por no haber no había grifos por donde saliera el agua; había que sacarla del pozo o acarrearla de la fuente. Quizá en alguna casa, pocas, destacaba en algún rincón una repisa sobre la que descansaba una radio cubierta con faldas, que  solo manejaban las personas mayores. No faltaban el taco del Corazón de Jesús y el Calendario Zaragozano que amenizaban, cada uno con su información propia, las veladas nocturnas familiares.
 
Había realmente pocas cosas en la cocina, las esenciales, y allí se desenvolvía una gran parte de la vida de unas personas desde su nacimiento hasta la muerte, en sentido literal de las palabras.
 
Se puede decir que todas las cosas que hemos citado tienen su lugar en nuestro recuerdo, lugar poblado de vivencias y de  imágenes. Pero quizá la que más espacio ocupe en ese desván de la memoria sea la lumbre de paja. A la lumbre estaba el puchero con agua a calentar y la sartén con el refrito para hacer  las sopas de ajo cuando nos levantábamos por la mañana temprano, a la lumbre estaba el puchero de la comida muchas horas cada día, la lumbre nos calentaba las manos cuando veníamos de la calle ateridos de frío, y partir palos para encender la lumbre era una tarea frecuente en nuestra jornada. La lumbre presidía, junto con una diminuta bombilla de luz eléctrica, las largas veladas familiares de las tardes y noches de invierno, cuando la madre cosía, el padre atendía el ganado y migaba las sopas del día siguiente, y los chicos hacíamos los deberes entre torrija y torrija hurtada de la fuente que sostenía el padre sobre las rodillas.
 
La lumbre era mudo testigo de la vida de todos. Nos calentaba de pequeños cuando arrimaban la cuna al amor de la lumbre. Presenciaba nuestros primeros y vacilantes pasos atravesando la cocina de los brazos de tu madre a otros cualesquiera abiertos para recibirte. Anochecido,  escuchaba con nosotros las novedades del día de trabajo de los mayores, los planes para el día siguiente y los problemas que ocupaban el ánimo de unos y otros. Seguro que en su interior de tanto prestarnos atención guardaba un archivo de las ilusiones de cada uno, de sus afanes y de sus desencantos.
 
Nosotros conocimos también su abandono progresivo y, finalmente, su desaparición de las cocinas de los pueblos. Se fue en silencio; no se sabe de ninguna indiscreción cometida por una lumbre de paja y leña, fiel compañera de los humanos desde que el hombre domeñó el fuego hace cuatrocientos mil, o un millón de años. 
 
En la cocina también eran interminables las sesiones de planchado de la ropa una vez a la semana por lo general. Se lavaba en los lavaderos del pueblo, lavado y aclarado, en dos momentos diferentes y en diferentes días. Baldes llenos de ropa  enjabonada y aclarada, llevados de acá y para allá por la madre con ayuda nuestra, no sin esfuerzo y dolor en las manos porque se clavaba el asa de fino metal. Y si no había ayuda era peor porque el balde lo llevaba apoyado en su cadera la madre sola. Ropa tendida en las huertas,  tiesa como témpanos en invierno y reluciente de blancura  a la luz del sol de verano. Toda llegaba finalmente a la cocina donde esperaba una plancha de hierro que se calentaba a la lumbre cada poco porque naturalmente se enfriaba, y prolongaba la tarea durante horas. Luego se juntaron dos planchas, y se trabajaba con una mientras la otra se calentaba, y redujo el tiempo a la mitad. Luego una plancha con un pequeño horno incorporado donde se echaban brasas incandescentes para mantenerla caliente más tiempo. Ahora figuran de adorno sobre las repisas y muebles de las casas descansando de su trajín. Nosotros contemplábamos curiosos la faena y aprendimos seguramente a planchar  camisas para toda la vida, si fuera necesario.
 
 
 
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