A CALENTARSE AL SOL
 
Cuando escasea el sol se disfruta el poco que hay. Es lo que ocurría en los últimos meses del año y en los primeros del siguiente. En las horas centrales del corto día no era raro que luciese un sol radiante de luz pero menguado de  energía. En su debilidad no podía luchar contra los efectos de una fuerte helada caída la noche anterior ni contra la brisa fina que venía, decíamos, de la montaña próxima que vestía un reluciente manto de nieve. Por eso, para disfrutarlo había que buscar lugares adecuados, rincones resguardados del aire, alejados del carámbano de la umbría y que recibieran directos los rayos del sol. Había varios  y naturalmente todos sabíamos dónde estaban los buenos y los mejores.
 
Paisano que pasaba por la calle, embozado en su tapabocas, subido a las madreñas, las manos en los bolsillos y la boina calada hasta los ojos, y veía el corrillo de colegas que se desabrochaban la indumentaria para sentir los rayos del sol mientras cambiaban unas palabras,  no podía menos que aceptar la invitación a unirse al grupo. Resoplaban todos, se frotaban las manos y levantaban los ojos al cielo haciendo visera con las manos y el ceño fruncido para protegerse del sol. “¡Vaya pelona que ha caído hoy!”, farfullaban entre sí señalando  los tejados blancos de la escarcha, y  las calles duras y resbaladizas como pistas de hielo. “¡Mañana fresca señal de buena siesta! Bien que le viene al campo para romper los tarrones grandes y duros como peñas que sacábamos esta sementera, que no había manera de hacer una labor medianamente buena”. “Y a la simiente para que madure y agarre bien al terreno”. Era parte del diálogo que seguía.  Las paredes de las casas viejas que se cuarteaban, las tejas que se rompían, limpiar matrices o regueras y desagües, y otros quehaceres eran objeto de conversación en la improvisada y breve tertulia. Breve porque en efecto alguna de esas tareas esperaba su atención y sus manos reparadoras.
 
Seguramente en varias de las solaneras o rinconeras que había en el pueblo se estaban desarrollando escenas parecidas a esta, porque entonces había gente suficiente para ello. Además, eran casi exclusivamente de hombres, porque las mujeres estaban en casa ocupadas en muchas tareas como ateclar a los niños pequeños que seguro había no uno sino varios, la comida, la limpieza, los animales domésticos y lo que surgiera cada día.
 
Y no es que las mujeres no aprovecharan el sol invernal, que sí lo hacían. Pero era ya mediado el mes de marzo en adelante, y por las tardes, cuando éstas  empiezan a ser largas y el sol quiere comenzar a  calentar levemente. Es entonces cuando con su bolsa de labores en una mano y la silla baja de enea en la otra,  se reúnen en una plazuela a disfrutar del ambiente, a  coser, a tejer, a enseñar sus habilidades y aprender de las de otras, y a conversar de muchas cosas: de la familia presente y de la que ya no está, de las enfermedades, de las novedades próximas y, quizá, de lo que alguien ha oído por la radio que está pasando en algún ignoto lugar del planeta. Siempre noticias que llegan al corazón. Eran tertulias concurridas y gratas para el ánimo y la buena vecindad.
 
Yo no tenía edad para participar en conciliábulo alguno de esta clase,  pero me colaba en ellos con cualquier pretexto, y disfrutaba escuchando el ingenio de unos, la ironía de otros y la locuacidad del grupo. Y ahora puedo contarlo.
 
 
Macario Aparicio Marne
 
 
 
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