EL TIEMPO CON BOINA
 
 
La percepción del tiempo cambia a lo largo de la vida. Y mucho, o quizá del todo: de desear que pase el tiempo deprisa a desear que se pare. De transcurrir casi sin sentirlo a vivir contemplando su fugacidad. En el fondo es así en todas partes pero con matices de acuerdo al medio donde se desenvuelve la vida. El ambiente del pueblo condiciona lo suyo.
 
De niños y adolescentes no conocemos el tiempo. Los viejos pensamos que han sido siempre viejos, los padres lo seguirán siendo, mientras que nosotros seremos toda la vida protegidos suyos. Cuando más, en el pueblo lo que deseábamos era llegar a los catorce años para dejar la escuela con su disciplina, sus horarios, sus libros y sus lecciones que no servían para nada conocido.
 
Para la juventud el tiempo cuenta poco, cuentan las expectativas de diversión, bastante limitadas por cierto, de éxito, siempre relativo, de demostración de fuerza y habilidad en todo lo que cae a mano como los juegos, el trabajo, las fechorías ante unos espectadores reducidos, y poco más.
 
La madurez siente el tiempo apremiada por sus tareas y por sus preocupaciones. Faenas del campo y  preocupaciones por la supervivencia y el futuro de la prole. Su peso es tan fuerte que absorben su atención intensamente.
 
Y qué hay de matar el tiempo? Porque en los pueblos se  mata bastante el tiempo, y bien. Se mata en las solaneras, en los encuentros casuales por la calle, en las tertulias improvisadas, recosiendo sacos y costales, aperos y herramientas, y visitando sin intención ni sentido las cuadras, el sombrao, donde aposentan a zarandear legumbres para la siembra,  mirando para todas partes como dando el visto bueno a que cada cosa siga en su sitio. Es el invierno inclemente el que les recluye y enseña la sintaxis y hasta la prosodia de la frase: “Qué, qué hacemos? Ya ves, aquí, matando el tiempo, haciendo que hacemos”, en plural, como si hablaran en nombre de muchos, o de todos, pues su mundo se circunscribe a lo conocido.
 
Este paréntesis,  ajeno al tema del artículo, se relaciona con el tiempo vacío del invierno. Me refiero al manejo del cribo y de la ceranda, que no son iguales ambas cosas pues uno tiene la malla de alambre y la otra de cuero de cabrito o de oveja, y uno tiene los agujeros pequeños y otro grandes, lo que hace que su uso sea diferente. En cualquier caso lo interesante era el manejo habilidoso que hacían de él para conseguir limpiar el grano de trigo, lenteja, garbanzo, yero, etc. de vainas, palos y otras malezas. Echaban el grano en la ceranda y la movían en primer lugar de un lado a otro dando pequeños golpes hacia arriba para favorecer la movilidad del contenido; así caía la tierra y pequeñas piedras. Pero a continuación comenzaban un movimiento ondulado con leves giros de muñeca que en breves segundos juntaba en el centro toda la maleza que había en la superficie, la retiraban y repetían la operación hasta que  limpiaban el contenido completo incluso de los granos menudos o vacíos. Recuerdo los movimientos, el sonido de cada uno, la paciencia de los “viejos” que ocupaban así su tiempo invernal y las legumbres que lucieron impolutas en nuestra mesa durante muchos años.
 
En la vejez se viven unos años felices cuando, con fuerzas todavía, los mayores ayudan a la casa y a los hijos con buen humor y dedicación. Poco a poco se incorporan al palco de los espectadores de la comedia humana y comparten paseos y noticias alegremente. A continuación se limitan a estar consigo mismos y a contemplar todos los días idéntico paisaje  sentados en el banco de la cocina de toda la vida o en el poyo de la puerta, quizá con su fiel perro lamiéndoles la mano cariñosamente. Ven que ellos apenas han pensado en el tiempo para planificar estrategias y ahora se les escapa de las manos. Quisieran detenerle al menos un poquito.
 
Macario Aparicio Marne
 
 
 
Noticias en Prensa