EL AMOR AL OFICIO
 
 
Después de hablar del pueblo, de sus calles y casas; después de traer a la memoria el nombre de algunas personas singulares que dejaron huella en la  vida del mismo, o simplemente rememorar los sentimientos que iban aflorando a la conciencia al paso del tiempo, tengo la certeza que la cuestión esencial de este complejo humano es si en las personas había amor al oficio. O en otras palabras, si los labradores apreciaban su trabajo, disfrutaban de él no obstante su dureza y soñaban con conocerlo mejor para desarrollarlo. Hay un deleite en el propio trabajo que se da cuando uno siente que  hace lo que debe y  lo que quiere, o al revés tanto da. Entonces no se cambiaría por nadie conocido o soñado.
 
Esta no es una pregunta que haces normalmente a nadie, y menos cuando el trato es esporádico y superficial. Incluso tampoco esa sería la manera de indagar sobre la cuestión pues la respuesta podría no corresponder a la verdad de fondo. Por eso pienso que la contestación hay que deducirla del comportamiento normal de las personas, de lo que dicen y de lo que hacen, y de cómo lo dicen y lo hacen. O sea que ahora, en este momento me dispongo a mirar para atrás y traer a la memoria  una panorámica general  de la vida del pueblo, a valorar sus manifestaciones y a rastrear en todo ello un atisbo de respuesta al asunto en cuestión
 
Desde luego el pueblo tenia  vida animada . Además de trabajar mucho, la gente se divertía; había no pocas fiestas repartidas a lo largo del año que se celebraban con fruición, eran compartidas por todos y dejaban un regusto de felicidad. Eran de lo más variado aunque naturalmente predominaban las de carácter religioso, compatibles no obstante con actividades festivas propias de la época como juego de pelota, cantinas, bodega, meriendas, baile, charla, ferias, etc..
 
La escuela estaba repleta, las casas pobladas de niños y mayores eran no pocas veces a lo largo del día  un jolgorio vocinglero que vocingleras difícil de pacificar.  La colaboración es abierta y generosa y el disfrute resulta lo tónica general. Había también un sentido de comunidad vecinal para atender las necesidades ante una adversidad en las personas y en los bienes compartiendo la pérdida, y cuidar las cosas comunes mediante hacenderas. Se celebraban acontecimientos personales como bodas y bautizos con general regocijo, y con la misma pena los entierros.
 
El talante de la gente mayor era más bien áspero en el trato con la gente menuda porque así era la impronta del trato entre generaciones, tendente al autoritarismo. Pero por lo general las conversaciones entre los adultos eran variadas y bienhumoradas. Y en ellas, en sus charlas, se puede encontrar más fidedignamente un atisbo de respuesta  Las gentes del campo tienen un sentido del humor peculiar, manejan la ironía como pocos y suben peldaños hasta la socarronería y la mordacidad sin esfuerzo ni pedantería. Las horas de silencio tras el arado, los viajes en el carro o en burro, los días y las noches de invierno observando el cielo y la tierra les ha dado tiempo para analizarse a sí mismos y a cuanto les rodea de mil maneras y comprobar que las conclusiones de hoy no son válidas mañana. De ahí un relativismo sano  para la vida personal y comunitaria.
 
Pues bien, esas conversaciones de calle y de cocina eran conversaciones sobre tierras, productos, tareas, planes de trabajo y de futuro; desempeño de la vida agrícola y ganadera  con sus luces y sus sombras diarias. Diarias, sí, porque un labriego se goza en un día de arada, en una buena labor de siembra, en una tierra bien segada, disfruta de todo y con todo. Cada panorámica del campo le habla de una promesa: en el campo recién arado admira el color de su nuevo traje y la perfección de sus surcos; en primavera se fija en el tono de sus verdes y calibra la salud de la planta de la que saldrá la espiga, y en otoño e invierno escoge las tierras que va a sembrar para recoger la nueva cosecha mientras deja descansar a las que fructificaron el anterior. No hay descanso en el ciclo. En las conversaciones fluyen las tareas que bullen en su cerebro y en su corazón. Elaboran las noticias del día y los pronósticos para el mañana y ante esos quehaceres decae el interés por lo demás.
 
Había sombras siempre en el panorama vital de los campesinos, principalmente la incertidumbre por la cosecha, por los animales, por la salud y por la escasez en general tanto de alimentos como de comodidades. Y esta  tensión daba lugar a roces y conflictos por asuntos de poca entidad. Seguramente no sabían que los de la ciudad sufrían de algunos males parecidos y otros como el de la alimentación todavía más agravados que los suyos.
 
Otra sombra sobrevenida a mitad de siglo fue la información de que existía otro mundo, otras posibilidades que se presentaban más halagüeñas que pasaban por dejar el pueblo y marchar a la ciudad. No era una opción  para las personas maduras que ni la necesitaban y mucho menos la deseaban, pero sí para los hijos. La salida a la ciudad, léase Madrid, Bilbao, Barcelona o la misma León, comenzó  a  ser una práctica frecuente para los jóvenes, y en ocasiones para la familia completa que se lanzaba con fuerte desgarro emocional a la búsqueda de un mejor porvenir. Aquí comenzó  el desmoronamiento de la sociedad rural que ha ido en aumento hasta nuestros días en que casi podemos  decir que existen los pueblos pero no la vida en ellos, la vida social claro.
 
Hasta el comienzo de esta disolución los labradores  estaban donde querían estar y hacían lo que les gustaba hacer. Y en ello eran felices porque disfrutaban con su trabajo, con su libertad y con la naturaleza que unas veces les  premiaba y otras les daba duras lecciones Básicamente los labradores de aquella época estaban donde querían estar.
 
Podemos preguntar entonces por los motivos de la huida lenta pero continuada de las tareas agrícolas hasta el límite que hoy conocemos. A ello digamos con realismo que las promesas de “libertad” y de ganancia que les llegaban de fuera son difíciles de vencer. Pero de los vecinos antiguos salieron los que tenían unas condiciones económicas y familiares muy precarias y con futuro oscuro. Los demás allí siguieron hasta el final de sus días. En la generación siguiente es cuando se ha  producido la casi total escapada del personal agrícola.
 
 MACARIO APARICIO MARNE
 


 
 
ANCAS DE RANA
 
 
Suave como la nata espesa de la leche natural pura hervida y reposada y de textura fina y pulida, el anca de rana es gozo para el paladar. Los lujos de la buena mesa se compadecen bien con los ambientes rurales y campesinos aunque parezcan hechos contradictorios. A fin de cuentas las plantas y animales que proporcionan esos lujos nacen en el campo y no en las aceras de la ciudad ni en las sofisticadas cocinas de los restaurantes de postín, aunque aún no supiéramos cómo publicitarlo y presumir de ello; comíamos y callábamos. Eso ocurría  con las ancas de rana.
 
Las cogíamos principalmente en la barrera y el caño, amplios remansos que se hacen con el agua que permanentemente mana de la fuente aneja y que da vida al pueblo. En su lecho abunda el lodo y toda clase de plantas acuáticas, de insectos y de pequeños reptiles. Un ambiente idóneo en fin para la cría de estos animales. Y los había en abundancia y grandes. Las cazábamos a pedradas, a varascazos o con la mano, las menos pues son listas para huir. Éramos moderados en la captura, apenas media docena cada vez, algunas muy gordas, y a casa. Las quitábamos las ancas, las pelábamos mañosamente,  se las dábamos a la abuela y observábamos lo que hacía: en una sartén con aceite, ajo y un poco de pimiento las echaba a freír. En unos minutos estaban doradas y brillantes listas para el banquete. Unos granos de sal y a comerlas. Nunca se puede olvidar aquella carne sabrosa como el sabor mismo. 
 
Hoy no hay animales que beban el agua, ni de labor ni de cría ni de lujo. No hay tampoco personas que la consuman pues la tienen en sus casas de un meritorio pozo artesiano hecho en la misma plaza del pueblo, y sin embargo la zona antes inundada de agua aparece recortada, medio seca casi a punto de desaparecer. Evidentemente las fuentes necesitan también desbrozarlas y canalizar sus manantiales, cosa que no se hace porque han dejado de ser imprescindibles y para lo ornamental no hay recursos. Pero ahí están esperando otro momento, su momento. Nunca se sabe.
 
Macario Aparicio Marne
 
 


 
 
PALABRAS DE FUENTES VI
 
* descuescar: cascar nueces
* sombrao: lugar para guardar la cosecha de legumbres, frutos secos,etc.
* terreguero: montón hecho con las barreduras de la era.
* pusla: polvo de la paja de servendo, de cebada y de trigo. Y otras semillas.
* hacemeriendas: simpátcos lirios silvestres que nacen en las eras en septiembre.
* esforfollar: escarbar, principalmente las gallinas en el corral.
* achiperres: trastos, bártulos, telares de cada uno.
* trampalandearse: tambalearse en exceso  al andar.
* refiscolero o reciscolero: más que curioso.
* sornabirón: un sopapo en toda la faz.
* lisones: piezas circulares de hierro para jugar a la tarusa (tejos).
 
Macario Aparicio Marne
 
 


 
 
EL ARTE DE ARAR
 
La herramienta por antonomasia del labrador es el arado, y la actividad emblemática arar. Labrador y arado se aúnan en una sola realidad en el espacio y en el tiempo, en todas las latitudes del globo y en muchos siglos de la historia del hombre sobre la tierra.
 
Agarrado a las manillas del arado pasaba el campesino de mi época buena parte del año. Araba para sembrar, araba para relvar, para vinar ( tierras y bacillares), para aservendar. No desaparecía de su puerta el carretillo con los arados colgados más que en los meses del verano.
 
El arado es un instrumento que se conoce desde los albores de la civilización. Han cambiado la tracción y los materiales de que está hecho, y por tanto la eficacia de su reja que hoy es múltiple y poderosa y ayer débil y quebradiza. Pero el esquema permanece invariable. Estamos, pues, ante una herramienta y una actividad esenciales en la supervivencia y el desarrollo de la especie humana. Y Fuentes era un depurado ejemplo de ello, pues en su vida no había más que tierras siempre, y arados durante muchos días al año.
 
Todo el mundo de oriente y  occidente, del pueblo y de la capital ha visto y sabe lo que es un arado, pero algunos no han tenido la oportunidad de pararse delante de uno para fijarse en sus piezas y en la misión de cada una de ellas, cosa necesaria para poder apreciar la eficacia del conjunto y la sabiduría que han aplicado a su construcción  los usuarios a lo largo del tiempo.
 
 Se trata de una vara de madera o de hierro, a uno de cuyos extremos se enganchaban los animales y en el otro se sujetaba una pieza también de madera o de hierro, según las épocas,  para clavarse en la tierra y otra hacia arriba para cogerle, sujetarle y dirigirle. La parte que se clavaba en la tierra.  con el tiempo se la acompañó  de  una reja, una vertedera  y en el extremo una punta fuerte y resistente. La punta era la parte que se clavaba en  la tierra y la iba rompiendo, la reja la abría y la vertedera la volteaba. La camba  o vara a la que se enganchaban los animales llevaba acoplada en la parte de atrás una pequeña rueda graduable en altura que servía para ajustar  la profundidad que queríamos dar al surco, en función de la naturaleza del terreno  que estábamos laborando. En terrenos ligeros mayor profundidad que en terrenos fuertes o  pedregosos. Un mecanismo simple pero ingenioso y eficaz.
 
El trabajo de arar no era difícil en general. Físicamente requería  resistencia para caminar diez horas diarias agarrado a las manillas que en unos terrenos se deslizan suavemente por el surco y en otros brincan y hacen vibrar el arado llevándolo fuera del surco.
 
La misión es realizar una buena labor cogiendo la anchura de surco adecuada, la  profundidad que  permita el terreno y las fuerzas de la pareja de animales que tienes y trazar una línea recta intachable orgullo para el propio labrador de trabajo bien hecho . El arador sabía, además, lo que estaba haciendo: poniendo las bases de la próxima cosecha. La tierra necesita mezclar sus nutrientes, el agua y los minerales naturales y químicos o artificiales, para recibir en buenas condiciones la semilla que en su momento le entregará el campesino.
 
Es fácil imaginar la mirada del labrador puesta en la tierra que se abre al paso del arado, tierra que la vertedera da vuelta y deja junto al lomo del surco anterior. Salir al ancho campo de Fuentes era contemplar por doquier parejas de animales trazando surcos que cambiaban el color parduzco ordinario de la tierra por el ocre brillante y liso que presentaba  la  tierra recién movida. El inventor de esta pieza, la vertedera, no sé si figura en los anales de los inventos o patentes, pero merece hacerlo. Me parece un espectáculo recomendable, ver cómo voltea la tierra que recibe de la reja, tapando lo que estaba arriba y sacando lo que estaba abajo y depositándolo suavemente sobre el lomo del surco anterior. Todo merced a la forma ligeramente curvada que tiene y aprovechando el empuje de la propia tierra. Recuerdo haber contemplado este detalle muchas veces especialmente en una zona llamada Arenales, y no se cansaba uno de maravillarse de la escena: los animales seguían pacíficamente el surco, el arador no hacía más esfuerzo que seguirlos sujeto a las manillas del arado, y la tierra dejándose voltear suavemente como si quisiera colaborar a la felicidad de todos. Había pocas tierras tan dóciles, es verdad, pero alguna más había.  
 
Al anochecer entraban en el pueblo por los diferentes caminos que confluyen a él los animales y sus amos en busca del descanso y de un poco de libertad. Porque a la mañana siguiente se repetiría la misma cantinela, antes durante meses hoy menos, mucho menos.
 
MACARIO APARICIO MARNE
 


 
 
HACER BARRO
 
Una tarea desaparecida completamente, después de los grandes servicios prestados al género humano en su humildad durante muchos siglos. Una más. Hoy se construye con cemento, con prefabricados, con acero, con cristal, con casi todo. Pero entonces, una cerca, una conejera, una choza, una casa  se hacían con adobes y los adobes procedían del barro. También se utilizaba el barro para adecentar las fachadas, tapar rendijas y subsanar daños de las lluvias y el tiempo.
 
El barro estaba muy presente en el desenvolvimiento de la vida del pueblo. Era natural, se hacía con tierra que es lo que abundaba, por tanto estaba al alcance de todos, ara barato. Tampoco es que existiera  alternativa pues  no había otra cosa. En la primigenia distribución geológica de materiales nos tocó en suerte la suavidad del polvo de la tierra en lugar de la dureza de las peñas y las rocas. Y a eso nos adaptamos desde el origen de nuestro asentamiento humano.
 
Para hacer el barro se buscaban los comienzos del otoño y de la primavera, momentos en que las labores del campo suelen dar un respiro y la climatología ofrece intervalos  de bonanza, necesarios para que las labores con el barro pudieran secar convenientemente. Se buscaba también la tierra adecuada, pues no toda daba el mismo resultado. Era preferible la tierra fina, pastosa, rojiza y, por supuesto, limpia de raíces y otras malezas. Los campesinos sabían perfectamente cuál era y dónde estaba.
 
Transportada de la tierra con el carro en uno o varios viajes, se dejaba en un montón y sobre él se echaba una buena capa de paja larga, o sea poco molida. Luego se mezclaba pasándola  palada a palada hasta hacer otro montón. Si era necesario se repetía la operación. La paja cohesiona la tierra y da solidez y duración a las obras de barro. A continuación se abría  un hoyo dejando la tierra como si fuera el cráter de un volcán,  y se llenaba de agua. Poco a poco, y comenzando por el interior de las paredes del hoyo, se iba llevando al centro  mezclándola con agua, hasta que quedaba toda en un nuevo montón. Para que se mezcle mejor se la pasaba con despacio y atención  una segunda vez. Al final queda una pasta uniforme y maleable que resbala suavemente  por el hierro de la pala. Ya tenemos una pilada de barro. Se la acondicionaba bien y se hacían unas hendiduras en su superficie donde se echaba agua para que  mantuviera la humedad. Limpieza del suelo en derredor, recogida de las herramientas utilizadas, que en esto los campesinos son muy mirados, y a dejarla descansar un día para que la mezcla entre el agua y la tierra sea completa.
 
Si de lo que se trataba era de embarrar una pared, con una paleta una caldereta y una escalera ya tenemos cuanto necesitamos. Raspada y barrida  la pared comenzamos a aplicar el barro. Se trata de cogerlo con la paleta y lanzarlo sobre la pared en el sitio adecuado y en la cantidad justa. Aquí está el secreto de la tarea, en el aire del artesano al proyectar el barro: debe penetrar en la pared, no dejar huecos y que la capa no sea muy gruesa, porque si no habría que recurrir a otras ayudas para fijarlo. Luego se iguala y se suaviza, cosa fácil pues el barro está fino y moldeable.
 
Si lo que queremos es hacer  adobes necesitaremos una superficie plana, con restos de hierba a ser posible, y una horma de madera  del tamaño y forma de los adobes que deseamos.  En el interior de la horma se va echando el barro  apretándolo con los puños para que los adobes queden compactos, sin huecos de aire, y alisando con la paleta la cara de arriba para que quede fina. Se tira con cuidado de la horma que resbalará suavemente por los lados del adobe porque previamente ha sido humedecida con agua, y quedará el adobe sin daño alguno.  Una vez secos ya serán aptos para la dura misión que tendrán que cumplir en la construcción de las viviendas de quienes los han hecho.  
 
Tener una pila de adobes en la majada o bajo el cairizo de cualquier corral, era necesario para afrontar un imprevisto que podía surgir en cualquier momento del invierno, dada la precariedad de las construcciones. Cubría un flanco en la frágil vida de aquellos hombres, a merced de tantos imponderables en general.
 
 MACARIO APARICIO MARNE
 
 
 
LAS LIMPIAS
 
Cuando empezábamos a trillar ya soñábamos con las limpias, así que cuando quedaban solo unos días de trilladera la idea bullía continuamente por la cabeza. Finalmente llegaba el último día, y después de atropar la trilla ya estaban prestos los útiles para barrer bien el suelo de la era: escobones, escobas, rastro pequeño, rastro grande, y si es necesario la  emparvadera. A nosotros nos tocaba arrastrar los granos, paja y  broza que iban sacando los barredores para facilitarles la labor, y lo hacíamos diligentes mirando para el suelo  que quedaba delante y el  que dejábamos por detrás con la hierba seca y castigada por el trillo, algunas calvas, pero limpio de polvo y paja. Daba gusto verlo. Al final las barreduras las juntábamos en un montoncillo que llamábamos, no sé por qué, terreguero, quizá porque era más tierra que otra cosa.
 
Normalmente ese mismo día con un animal íbamos por la máquina a un cairizo donde pasaba los inviernos, en compañía  de palomas,  lechuzas, cagarriadas (con perdón) y telarañas. Era la máquina de limpiar o, como he oído llamar en algún lugar, aventadora. Nombre este muy adecuado porque separa el trigo de la paja mediante el viento que producen en un bombo seis aspas movidas por una manivela y canalizado hacia unos cribos donde llegan las vendadas de mies molida. El viento expulsa hacia fuera la paja ligera, y el grano, más pesado, se filtra por unos cribos y cae limpio por otra boca de la máquina. Son inventos sencillos pero de notable ingeniosidad. La nuestra era de Casasola de Arión (Medina del Campo), se movía poco y hacía buen trabajo. Algunas máquinas limpiaban incluso con las ruedas puestas, lo que era muy cómodo para los cambio de lugar, pero había otras que se movían tanto que “era necesario estacarlas”, decían socarronamente los demás. Pequeñas cosas que ocurrían en el meollo de cada tarea, que escapaban a la observación de los advenedizos.
 
Decidido el momento de comenzar las limpias, se arrimaba la máquina al montón o parva elegido y se iniciaban los conciliábulos para acordar de dónde venía el viento y colocar la máquina al aire adecuado. Cada uno de los adultos en la escena tiraba al aire uno o varios puñados de paja y observaba el fenómeno. Viene gallego, decía; sí pero pica un poco de la peña. O viene solano, y otro, pero pica de Valdesaz; o de San Pedro pero pica de Matadeón. Era un foro de expertos aplicados. Muy interesante. Los aires más seguros eran el gallego y el solano. Lo cierto es que el teatro acababa yendo a merendar, a la espera de que al atardecer el aire se estabilizase y se pudiese comenzar la faena con garantías de hacer buena y mucha labor. Como así era casi siempre.
 
Vueltos de merendar se acordaba la ubicación correcta, se quitaban las ruedas a la máquina, se asentaba con zapatillas viejas y al tajo. Uno a la manivela que movía  las mariposas del bombo y los cribos, otro a echar mies al cajón entremoya, el más experto, siempre el amo, a subir o bajar la cremallera para que no vayan granos a la paja o quede muy sucio el trigo, y los guajes a quitar las granzas emulando construir  pirámides de Egipto, y a jugar, que por eso nos gustaban  las limpias, porque jugábamos más que trabajar. El momento clave de la tarea recién inaugurada era cuando comenzaba a salir el trigo por la rampa de la máquina. El amo enseguida dejaba todas sus tareas y miraba atento si caía mucho trigo, si cubría el latón de boca, y lo cogía en la mano para observar de cerca si el grano era robusto y limpio. Esto lo había hecho  muchas veces desde que comenzó la campaña, pero ahora ya eran los momentos finales para calcular con precisión la bondad de la cosecha, por lo que habían trabajado todo el año la familia entera.
 
  Al cabo de algunos años el dar a la manilla se hacía con un ruidoso y latoso motor PIVA, más tarde con un diminuto motor eléctrico, y desde hace ya décadas todo ello, máquina incluida,  descansa en cobertizos y  desvanes con más polvo que el arpa de Becquer. Las cosechadoras han arrumbado toda una generación de herramientas y artilugios ingeniosos y beneméritos que han cumplido su ciclo, para fortuna de nuestros campesinos que los recordarán quizá con un halo de nostalgia pero contentos de acariciar entre sus manos el volante de sus poderosas máquinas actuales con radio,  aire acondicionado y otras modernidades.
 
Después de esta mínima digresión, volvamos al asunto. En torno a las dos de la mañana habíamos pegado un buen mordisco al montón y era hora de dejarlo, pues al ser de día había que reanudar la faena. Una cena rápida pero nutritiva y a descansar unas horas. Ya de vuelta, el aire es favorable así que se pone en marcha el trabajo en un instante, apenas unos momentos para limpiar los cribos y desahogar los huecos del trigo y de la paja. Al cabo de unas horas ocurre lo que no deseábamos: un cambio de aire. Remolinos, paja que vuela por lo alto, ojos que se llenan de pusla, caras con gesto contrariado, malas noticias. A parar, sacudirse y esperar a ver si es una ventolera o un cambio de verdad. Pasado un rato  el aire sigue vacilante y decidimos ir a “almorzar” a ver si mientras tanto se normaliza la situación. A la vuelta el aire sopla  bien pero de otra dirección. Con rapidez a barrer solares, levantar la máquina y buscar la nueva ubicación. La ceremonia consabida, que si el aire viene de aquí o de allí, o pica de un lado o de otro. Hay que poner la máquina al aire contrario y hacer nuevos solares, cosa que no agrada  nada, pero hay que continuar.
 
Las horas centrales del día, cuando brilla el sol, no son buenas para la faena casi nunca; sopla poco aire y viene de todas partes. Por tanto  hay que trabajar buscando la noche y acompañando las madrugadas. Y así durante ocho o diez días que duran las limpias con sus anejas actividades de recoger el trigo que se limpia y la paja. Había momentos festivos como cuando se llevaba el grano limpio a las paneras, y las meriendas por lo general muy concurridas en la era alrededor de la fiambrera de escabeche con cebolla, jamón y embutidos caseros.
 
Los malos momentos para los chicos ya habían comenzado con los primeros carros de paja que se metían en el pajar. Lo teníamos en exclusiva: pisar la paja y llevarla a todos los rincones del habitáculo para que cupiese la mayor cantidad posible, suficiente para comer los animales, mullir las cuadras y quemar en la lumbre de la cocina. Mucho consumo, de ahí que fuera muy apreciada la paja.
 
El final de las limpias y tareas anejas era el final del verano. Limpiar bien  la era, quitar la broza para que redrojara la hierba la próxima primavera, quedaba para los abuelos. Bueno, no del todo, porque si había  legumbres, y por circunstancias no estaban ya en el sombrado, era el momento de limpiarlas a viendo, acribarlas y recogerlas. Tarea y ligera, salvo los años que se sembraron mucha lenteja y veza.
                     
 
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