FUENTES DE LOS OTEROS
La fiesta del 'privilegio'
 
 
La ornamentación de las calles en Fuentes de los Oteros ayer desvelaba que era un día de fiesta. Las flores y plantas adornaban fachadas y calles, en el suelo pétalos de flores, altares... El repique de campanas anunciaba el inicio de la procesión del Santísimo, un privilegio único que la localidad goza desde hace casi 4 siglos que permite a la Cofradía del Santísimo de la localidad procesionar el Santísimo Sacramento antes del Corpus.
 


La procesión recorrió toda la localidad realizando las dos paradas habituales en los altares preparados para la ocasión. Una tradición que celebrarán muchas otras localidades de toda España en el Corpus, que este año se celebrará el 2 de junio. Ese día también se celebrará una pequeña procesión alrededor de la iglesia.
 
Habitualmente residen en la localidad muy pocos vecinos, pero el pueblo se llena para celebrar sus fiestas. Todos colaboran en la organización de las actividades y luchan por mantener viva la tradición del privilegio. Este fin de semana, Fuentes de los Oteros ha rebosado vida en un preludio del verano –cuando vuelve a llenar sus calles-. Juegos para los niños y una gran paellada han sido algunas de las actividades durante este fin de semana.
 

Un privilegio que los hace únicos
No se puede procesionar al Santísimo antes del Corpus, pero Fuentes de los Oteros sí puede. El origen de este privilegio se remonta a 1656, desde entonces cada tercer domingo de mayo es fiesta en Fuentes de los Oteros.


 

Actualizado (Lunes, 20 de Mayo de 2013 12:25)

 


Fuentes de los Oteros puede presumir de disfrutar de un privilegio 'universal' por el que puede celebrar Corpus semanas antes que el resto de las localidades. Mañana, 19 de mayo, el Santísimo Sacramento será procesionado y ofrecido en los altares de la localidad.


 

La pequeña localidad de Fuentes de los Oteros tiene un privilegio único, el de poder celebrar el Corpus antes que en el resto de las poblaciones españoles. La tradición se mantiene desde el año 1656 cuando el obispo de León en aquel momento, Fray Juan del Pozo, concedió dicha prerrogativa a la Cofradía del Santísimo en Fuentes de los Oteros. Desde entonces, hace casi cuatro siglos, Fuentes de Oteros saca en procesión al Santísimo cada tercer domingo de mayo por las calles de la localidad –ofreciendo el Santísimo en altares- tal como se repite en cientos de localidades en el Corpus.
 
Este año, el Corpus se celebrará el 2 de junio excepto en Fuentes de los Oteros que se realiza mañana, 19 de mayo.
 
Esta tradición va acompañada por las fiestas de la localidad que se celebran hoy y mañana, 18 y 19 de mayo.
 
Días de diversión

Además de la tradición centenaria, Fuentes de los Oteros disfruta durante este fin de semana de diversas actividades de ocio incluidas en la programación festiva que da comienzo esta tarde, a las 17:30 horas, con el comienzo de las vísperas. A continuación llegará el turno de los pequeños que podrán divertirse en las colchonetas y atracciones.
 
Esta noche, a las 22:00 horas, habrá una cena de hermandad en la que se compartirá una gran paella. La velada continuará, a partir de las 22:00 horas, con la música discotequera de Amnesia. A medianoche será la hora del bingo y sorteo de regalos.
 
Mañana, domingo 19 de mayo, Fuentes de los Oteros disfrutará de la tradición con la procesión del Santísimo. Todos los preparativos comenzarán a las 11:30 horas con la ornamentación de las calles y el volteo de campanas. Los actos religiosos comenzarán a las 13:00 horas e incluirán misa y la tradicional procesión del Santísimo Sacramento. Ya por la tarde, los pequeños podrán disfrutar un día más de las atracciones.
 

Actualizado (Lunes, 20 de Mayo de 2013 10:34)

 


VISITA AL PUEBLO

El pasado día 2 de Mayo hice una visita breve a Fuentes con ocasión del entierro de mi tío Poli y me pareció ver el pueblo bastante animado. Hacía un día expléndido y había bastantes casas abiertas. Los labradores con diferente maquinaria enganchada a los tractores salían de las naves y las mujeres quizá ya hacen planes para la fiesta. Vamos, que salimos del letargo invernal, se barrunta el buen tiempo y las ganas de disfrutar de él.

Macario

 

DIVERSIONES DE LOS CHICOS ( y III)

 
 
Había otras diversiones menos confesables, si no abiertamente delictivas, como eran romper las bombillas de la luz pública y las jícaras de cristal del tendido eléctrico del pueblo. Era un placer morboso oír cómo explotaba la bombilla al menor impacto de una pequeña piedra, o recoger los cristales de los soportes donde se enroscan y apoyan los cables de la luz ante otra pedrada similar. ( La palabra “jícara” viene en el diccionario, pero no con el significado que la damos aquí). Era un pasatiempo realmente nefasto, pues dejábamos al pueblo sin la media docena de bombillas que había en todas las calles, y hasta que se reponían podían pasar meses o años. Y lo de las jícaras ponía en peligro el alumbrado total del pueblo, pues el cable se desprendía y se rompía. Naturalmente a los mayores les parecía muy mal, pero callaban y miraban para otro lado  porque seguramente algún hijo suyo no era ajeno al desaguisado.
 
Otra diversión que podríamos calificar de travesura liviana era llamar a las puertas de los vecinos, de noche, mediante un hilo atado al llamador, y nosotros escondidos detrás de una pared, un carro o la simple oscuridad de una noche sin luna. Recuerdo que una vez la cuadrilla de chicos tuvo la osadía de llamar a la puerta nuestra, cuando no estábamos nosotros en la pandilla. La primera vez sales a la puerta, y al no ver a nadie vuelves para dentro pensando que has oído mal; la segunda vez que llaman, ya sales a paso ligero sin dudar que antes y ahora alguien ha llamado a la puerta con torcidas intenciones. El problema es que al no ver a nadie no sabes qué pensar, hasta que finalmente decides que alguien pasó por delante de la puerta y toco el picaporte en broma. Y te retiras. A la tercera vez que suena ya sales mosqueado y buscas en los alrededores, hasta que descubres a los autores que salen corriendo, y localizas el hilo que queda allí inerme, colgando del llamador como cuerpo inocente del delito.
 
Lo malo era que quien más sufría esta güasa eran las personas más indefensas del pueblo: los que estaban solos, los mayores, las mujeres. No éramos muy mirados con los débiles, hay que reconocerlo, y pedir perdón por ello, aunque sea tarde.
 
Hacer enfadar un poco a los mayores, solo un poco porque la broma podía salir cara, también entraba en el catálogo de barrabasadas en las que ocasionalmente ocupábamos nuestro tiempo. Hace unas semanas me contaba mi hermano una faena que entre él y otro mozuelo hicieron a una cuadrilla de cuatro o cinco vecinos de mediana edad que habían decidido ir a merendar a la bodega. Entre ellos estaban el Sr. Fidencio, que era el vecino más pacífico y bienhumorado del pueblo, junto con la esposa la Sra. Salustiana, estaba también su hermano el Sr. Leopoldo, socarrón y bien informado, llamado afectuosamente avanzamundos por sus pasos largos y decididos, estaba Saturnino, más joven, y alguno más. No era preciso tener un motivo especial para subir a merendar o echar un vaso a la bodega, así que  cogieron su hogaza de pan, su fiambrera con escabeche y cebolla, chorizo, queso y poco más. Seguro que se las prometían felices; una tarde tranquila, de descanso y de buena charla. Pero hete aquí que alguien, mi hermano y otro mozalbete como digo, les vieron  entrar en la bodega y adivinaron  el propósito que llevaban. Así que, ni cortos ni perezosos,  tramaron hacerse presentes para poner un poco de picante en la tartera.  Para ello cogieron  medio adobe y lo tiraron por el cubo de la bodega, con tanta puntería que cayó en medio de la mesa o lo que usaran como tal. La fiambrera saltó por los aires, el escabeche por el suelo, las botellas igual, ... el desastre. Adiós merienda. Cuentan que el Sr. Fidencio, sin inmutarse, miró arriba y dijo “ya andan por ahí los chavales”, el Sr. Leopoldó soltó un inofensivo “me cagüen los chicos ”, y Satur salió corriendo detrás de los autores del desaguisado, a los que no cogió pero les metió el miedo en el cuerpo. Se ve que estaba en buena forma física. Normalmente los bodegueros ya procuraban no montar la mesa enfrente de los cubos, porque el adobe volando no era una trastada  nueva, pero esa vez se descuidaron. Y a fe que lo pagaron caro. Vaya si lo pagaron.
 
  
En alguna ocasión también organizamos salidas ruidosas a pueblos vecinos, en plan de músicos improvisados, armados de latas y cacerolas, a la conquista de las calles y las plazas ajenas. Recuerdo una vez que fuimos a San Pedro, y salimos trasquilados y corridos por los chicos de este pueblo, y creo que también por algún mayor, disconformes con nuestro alarde ruidoso, que no paramos hasta la cocina de casa. La conquista no era lo nuestro.
 
Había otras diversiones, todavía menos confesables que las primeras que citamos en esta crónica, como los romances, los ligues, o los lances amorosos. Estos no se jugaban en la plaza pública, y apenas de vez en cuando trascendía alguna noticia, nunca confirmada. Los domingos era frecuente correr detrás de las chicas, o las chicas delante de los chicos, tanto daba. Pues si no las buscábamos nosotros a ellas, nos buscaban ellas a nosotros, y todo podía acabar en unas carreras a modo de juego al escondite.
 
MACARIO APARICIO MARNE
 
 
 
 

 

A CAVAR LOS BARCILLARES

 
Llegado el mes de marzo comenzaba la tarea de cavar los barcillares. Duro, lento y fatigoso trabajo. Consistía en separar la tierra de alrededor de la cabeza de la cepa hasta una profundidad de quince o veinte cts. con el azadón. El azadón es una herramienta muy antigua, muy simple y no menos valiosa. Consta de una chapa gruesa de hierro en forma de perfecto triángulo isósceles, y un mango de madera. Es un instrumento perfecto para la tarea que se hacía con él pero muy pesado, apto solo para brazos fuertes y curtidos. Había que ver el cuidado con que lo manejaban  los labriegos, raspando alrededor de la cepa para dejarla al descubierto,  limpia hasta del polvo. Lo que hacían era un hoyo  de cuyo centro surgía la raíz de la viña, libre de tierra y rugosa de nudos. Era un placer para la vista y el espíritu, un monumento a la geometría y al orden contemplar un barcillar  así excavado, con un fondo de tierra parda y seca, sembrado de líneas de montoncitos de tierra fresca, recién removida .
 
No era una tarea fácil la de cavar los barcillares, como he dicho, pues había que hacerlo inclinado sobre la tierra, manejando una herramienta muy pesada, venciendo la resistencia de una tierra dura y a veces medio helada. Es decir, que a  ello había  que añadir el frío casi polar, que acostumbra a  hacer por estas fechas en los altozanos donde suelen estar plantados los viñedos. Era duro trabajar, y era casi más duro dejar de hacerlo. Y así hasta acondicionar 2.000 o 3.000 cepas que como mucho constituían la propiedad familiar.
 
Una vez realizada la labor de excavar la cepa, venía la segunda parte  que era la finalidad con la que se hacía la primera: abonarla echando unos puñados de abono mineral en el hoyo abierto. Supongo que serían productos fosfatados y nitrogenados para enriquecer la calidad de la tierra y aumentar su fertilidad. Y luego a taparlo, volviendo a poner la tierra bien acondicionada alrededor de la raíz.
 
Además de las cepas, se excavaba el espacio que hay entre una y otra, quitando la broza y haciendo pequeños montones de tierra. El resto de la calle, entre líneo y líneo, se araba con las vacas, teniendo cuidado no romper los troncos que atravesaban la calle de un lado a otro. Para eso, un chiquillo de pocos años iba delante de la pareja “teniendo rama”, que consistía  en sujetar los troncos que ocupaban el surco por donde iba el arado y soltarlos después de pasar. A veces los troncos eran tan fuertes y las fuerzas tan flacas que se nos escapaban de las manos (arañadas y ateridas de frío), y el arado los quebraba. Sonaba en el aire un rotundo“manos de queso” del arador, y ala corriendo a por otro tronco. Leña para la lumbre.
 
 La segunda vez que se araban los barcillares, por el mes de mayo, era más delicada la  tarea, pues los troncos ya tenían hojas y racimos formados por diminutas uvas, de tal manera que se barruntaba  la pérdida que suponía romper un tronco de la cepa por descuido del mozo que tenía las ramas. Así que la reprimenda por un descuido solía subir de tono. Era también frecuente en el desarrollo de esta labor, encontrar nidos  con huevecillos  pequeños y frescos, recién puestos. El nido era una pequeña obra de arte hecha de un perfecto entramado de pajas, colocado en la  base de la cepa o en las horquillas de las ramas, bien protegido  con las hojas nuevas, todavía  a medio hacer. Y los huevos eran un manjar ligero pero deleitoso para los trabajadores de las viñas. No éramos desde luego muy mirados con los pájaros, pero seguro que todavía tenían tiempo de intentarlo por segunda vez, y ahora sí que ya no los interrumpiríamos el proceso, pues  no se volvía por los barcillares hasta la vendimia, a no ser que alguna epidemia aconsejara sulfatarlos.
 
Macario Aparicio Marne
 
 

A ATROPAR ESPIGAS

 
Un recuerdo que surge en mi memoria, fresco como las primeras horas de las mañanas  veraniegas y  moderadamente gravoso para nuestra comodidad,  es el de ir a atropar espigas. No fallaba. Durante toda nuestra infancia, la mía y la de mis hermanos mayores, cuando comenzaba la trilladera del trigo, de buena mañana, nosotros, después de echar la parva, cogíamos unos cuantos atijos por si acaso no había hierbas apropiadas, y a atropar espigas de trigo. Siempre eran espigas de trigo, no de cebada, porque las tierras de cebada normalmente ya se respigaban después de segarlas. Y, además, porque la caña de cebada no servía a uno de  nuestros fines principales, que luego diré.
 
Íbamos a tierras ya acarreadas, por supuesto y, además, casi siempre a tierras propias de la casa o de familiares. Los mismos padres o personas mayores, nos decían las fincas  más adecuadas para la tarea por la abundancia de espigas. La causa de que en una tierra quedaran espigas por el suelo, era una mala labor en la siega porque la mies estaba tumbada o arremolinada, o que el aire sacaba las espigas de los rastros de la máquina de segar, de las gavillas o de las morenas. Tierras todas próximas al pueblo, y que coincidían casi todos los años en ser las mismas.
 
Comenzábamos la tarea repartiéndonos el terreno para abarcar toda la tierra, o buscando corros y esquinas olvidados por los segadores. Cogíamos la espiga cuidadosamente por la cabeza, colocando todas a la misma altura. Al cabo de un rato, juntábamos las que habíamos reunido los tres, que era un buen puñado y se las dábamos a mi hermana Rosario que era la encargada de dirigir la faena. Con ellas formaba una pequeña gavilla que ataba con unas hierbas altas que crecen  en las tornas de las tierras llamadas  relumbreras, o con el atillo o cuerda que habíamos traído de casa y la depositaba  en el suelo sobre las espigas para que quedase pinada y se viera bien a la hora de recogerla. Y así hasta formar doce o catorce gavillas, que nos llevaba un par de horas. Concluido el trabajo, emprendíamos el viaje de vuelta a casa, aprovechando si había algún montoncillo de espigas por el camino, caídas de algún carro, o perdidas por las mallas de los mismos carros que rozaban los lenderones de los caminos.
 
Una vez en casa, cortábamos las cabezas  y se las echábamos a las gallinas, que disfrutaban  picoteándolas para sacar el grano de la cáscara o casulla de la espiga. Y las cañas las recogíamos y colocábamos ordenadamente, porque iban a servir en el invierno para chamuscar el gocho. Eran unas cañas ideales, porque eran largas y bien ordenadas  como se necesitan para esa tarea. Tanto es así que yo creo que esta era la verdadera finalidad de mandarnos a atropar espigas cada verano.
 
Han pasado muchos años desde entonces y “mucha agua bajo los puentes”, pero ni unos ni otra han no ya borrado sino ni tan siquiera empañado  los contornos de este recuerdo. Quizá porque eran las primeras imágenes del día en nuestra retina, quizá porque era el primer trabajo campesino que éramos capaces de organizar y llevar a cabo nosotros solos,  por el agradable frescor de las mañanas, la serenidad del aire y el campo, o el gozo de llegar a casa con nuestra pequeña tarea bien cumplida.  Seguro que por todo ello, este recuerdo creo me seguirá acompañando siempre.
 
Bueno, por algo más: algo fácil de sentir pero difícil de definir, porque es más una sensación que un hecho concreto, un mensaje que surgía del pueblo, sus casas, sus calles y sus campos donde nadie estaba ocioso. Las personas jóvenes y maduras en los trabajos duros del campo, los mayores en casa cuidando a los niños, haciendo la comida y adecentando el habitáculo, y los más mayores visitando la era a ver cómo iban las tareas y haciendo su comentario casi siempre atinado. Con ir a atropar espigas, también nosotros, los mozuelos, nos incorporábamos a ese ambiente de laboriosidad total que se respiraba en el pueblo. Éramos parte del afán común de todos los habitantes  que configuraba el ir y venir  de la gente, las conversaciones y los cansancios. Éramos por derecho propio miembros de la familia de los trabajadores, y nos agradaba poder contar cómo había ido nuestra faena del día, y recibir el halago de los mayores.
 
MACARIO APARICIO MARNE
 
 
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